La esposa de Kamehamea, mujer sensual y enérgica, que había dado muchos disgustos al emperador con sus infidelidades matrimoniales, quedó como regente del reino é hizo una revolución en las costumbres, modificando para siempre el aspecto original del archipiélago. Esta reina, llamada Kahumano, había sido en su juventud muy ligera y tornadiza en amores, lo que nada tenía de extraordinario por lo que diré más adelante. Mostraba además la rara particularidad de gustarle siempre los reyezuelos y los guerreros enemigos de su marido. El victorioso Kamehamea iba matando en los combates á sus rivales, pero su esposa se daba igual prisa en reemplazarlos. El marino Vancouver, durante su permanencia en Hawai, tuvo que intervenir amigablemente para reanudar las buenas relaciones entre los dos cónyuges reales.

Cuando la esposa de Kamehamea se vió al frente del reino, era ya vieja; sus pasiones empezaban á enfriarse, y además iban llegando al país muchos blancos que no eran marinos, sino misioneros ingleses y norteamericanos, disputándose entre ellos el honor de convertirla al cristianismo.

Hasta entonces las islas de Hawai habían sido el archipiélago del amor, como Taití y otras tierras de costumbres fáciles y sexualidad libre, ignorantes de nuestros escrúpulos morales. Para toda mujer de Hawai era motivo de orgullo poder mostrar una larga lista de amantes. Los hombres procuraban casarse con una hembra cuya belleza fuese apreciada y elogiada por todos sus amigos, á causa de no guardar ya ningún secreto para ellos. El acto carnal no tenía nada de pecaminoso en esta vida primitiva. El amor libre iba acompañado de cantos, bailes, versos y coronas de flores. Las fiestas públicas acababan en voluptuosidades generales sin tapujo alguno, como si con ellas se cumpliese un rito en honor de la Naturaleza.

La viuda de Kamehamea, triste por su decadencia física y rodeada de misioneros, abominó de todo lo que había amenizado y embellecido su juventud, y fué dando decretos, en los cuales se castigaba el adulterio ó la simple fornicación fuera del matrimonio, con la pérdida de los bienes y un año de cadena, luego de ser azotados los dos culpables en la plaza pública. En caso de reincidencia eran sumergidos en el mar, y únicamente se les sacaba del agua cuando estaban próximos á morir. Si después de esta prueba horrible volvían á sentirse tentados por el demonio de la impureza, «serán decapitados—decía el edicto—, según la ley de Dios».

El resultado de tal moralización á estilo draconiano fué que el archipiélago empezó á despoblarse. El gobierno tuvo que importar chinos y japoneses para que los campos no quedasen incultos. El canaco, que sólo comprendía la existencia con un collar de flores sobre el pecho, una guitarra en las manos y una mujer que bailase la hula moviendo las caderas, sin más vestido que un faldellín de fibras vegetales, al ver que le privaban para siempre del amor libre y variado, prefirió morirse.

Al mismo tiempo que la severa moral cristiana, fueron penetrando en las islas otras innovaciones de los blancos: el alcohol, las enfermedades venéreas, el afán del dinero; y estas calamidades aceleraron la general mortandad. Hoy, sólo una pequeña parte de los habitantes del archipiélago son descendientes de los antiguos canacos, súbditos de Kamehamea. América y Asia han enviado la mayor parte de la población actual, y junto con los japoneses, chinos y norteamericanos, existen—particularmente en la isla de Hawai, donde abundan los ingenios de azúcar—muchos portugueses y cierto número de españoles, venidos de las Repúblicas de la América del Sur.

De los tiempos paradisíacos del archipiélago, sólo han conservado los hawaianos sus aficiones á las flores y á la música. Esta disposición de todos ellos para la música es conocida en el mundo entero. Actualmente constituye una industria, y en las ciudades importantes, así como en las estaciones de moda invernales y veraniegas, se encuentran orquestas de hawaianos, músicos de tez de canela, con pantalones blancos, camisa de igual color y un collar sobre el pecho de papeles amarillos y rojos apretados como un cordón. Este es un símbolo de los antiguos collares de flores, que sólo se usan ya en las grandes fiestas.

La música hawaiana se halla extendida igualmente por el mundo, pero hay que oirla en el archipiélago, donde conserva su antigua melancolía amorosa y no ha sido desfigurada por las exigencias del baile en los modernos dancings. Todo canaco de alguna cultura es poeta y músico. Algunas de sus reinas fueron grandes improvisadoras de romanzas, así como las damas de su corte.

Cuando Kamehamea II, saliendo de la tutela de su austera madre, subió al trono, quiso conocer el mundo de los blancos, tan admirado por su padre, y adoptó la audaz resolución de hacer un viaje á Londres. Esto fué en 1824, y un viaje en buque de vela de Hawai á las islas Británicas por el cabo de Hornos representaba un año de navegación.

El vecindario de Honolulu fué bajando al puerto, asombrado y lloroso, por la aventura que emprendían sus monarcas. Casi no los reconoció. El hijo de Kamehamea iba vestido de húsar inglés, y su esposa llevaba un traje rojo de terciopelo, de cola larguísima, con sombrero enorme de igual género, indumentaria de otros climas, que la hacía sudar copiosamente.