Afirman las tradiciones que el capitán representado por el escultor indígena es el mismo que llegó á Hawai como náufrago. Esto no es verosímil. Un hombre que salió á tierra nadando con sus compañeros de infortunio no podía guardar la gola rizada, la capa y todos los detalles indumentarios que se adivinan en el resto de dicha escultura. Además, el marino español del busto más bien parece del siglo XVII que de la época de Cortés.
El modelo fué indudablemente uno de los muchos capitanes de galeón que, al ir á Filipinas desde Acapulco, ó al regreso, se vieron obligados á tocar en el archipiélago de Hawai. Éste se halla un poco más arriba de la ruta seguida habitualmente por la «Nao de Acapulco», mas al regreso de Manila los vientos reinantes hacían navegar á los galeones muy al Norte, poniendo la proa al cabo Mendocino, en la California. Además, con la ayuda de la máquina de vapor es posible fijar un rumbo marítimo, casi lo mismo que una ruta terrestre; pero en la navegación á vela la voluntad del hombre tiene que ser esclava de las fuerzas caprichosas del mar y del viento. Más al Norte que Hawai está el Japón, y sin embargo, don Rodrigo de Vivero, al cesar en su gobierno de Filipinas y volver á España, se vió desviado de su rumbo por una tempestad y arrastrado á las costas japonesas, siendo el segundo navegante europeo que pisó dichas islas, después del portugués Méndez Pinto.
Es casi seguro que los galeones de Acapulco, en su viaje anual á Manila, tocaron siempre que les fué conveniente en el archipiélago de Hawai, bien conocido por sus pilotos.
Juan Gaetano, navegante español, estuvo en varias de estas islas en 1555. Un pirata inglés, luego de sorprender y robar á uno de los navíos de Acapulco en el siglo siguiente, llevó á Londres una carta de navegación encontrada en el camarote del capitán. En esta carta figuraban las islas de Hawai, muy cerca de la ruta normal que debían seguir los buques españoles en su viaje á Filipinas. Un error de situación las colocaba algunos grados más allá de su verdadera latitud, pero todas ellas figuraban en el mapa con los nombres que les había dado el piloto Gaetano en su primera expedición. Hawai era llamada «la Mesa»; Mahui, «la Desgraciada», y las islas más pequeñas tenían la denominación común de «los Monjes».
Los marinos, en aquella época de guerras y piraterías, procuraban guardar los descubrimientos en absoluto secreto, para aprovechamiento de su país. Por esta razón los españoles callaron durante dos siglos la existencia de Hawai, que podían utilizar como refugio en mitad de su camino á las Filipinas, aunque estuviese dicho archipiélago algo al margen de su ruta.
Otros descubrimientos de archipiélagos oceánicos realizados por los españoles resultaron infructuosos al convertirse poco á poco en un secreto únicamente conocido por los navegantes. El poder colonial de España era entonces tan extenso, que unos cuantos grupos de islas de vida salvaje, perdidas en las inmensidades del Pacífico, poco podían interesar á una nación poseedora de la mayor parte de América y de las Filipinas. Las otras potencias de aquellos siglos, á pesar de su deseo de adquirir colonias, tampoco se preocuparon de poseer estos archipiélagos oceánicos, numerosos, diminutos y esparcidos como puñados de arena. Sólo en época modernísima, al finalizar la primera mitad del siglo XIX, empezó á dejarse sentir la influencia civilizadora de los países cristianos en las numerosas islas del Pacífico, muchas de las cuales aparecen erróneamente como descubiertas por el capitán Cook y no visitadas antes por ningún otro marino.
Cook dió al actual archipiélago de Hawai el título de Islas Sándwich, en honor del ministro inglés del mismo nombre. Los indígenas, que á su llegada vivían aún divididos en tribus hostiles, le recibieron con veneración, como un enviado de su dios Lono; pero esto no impidió que lo matasen al intervenir en una riña entre sus marineros y los naturales.
Antes de morir pudo conocer á un joven guerrero, llamado Kamehamea, que empezaba su carrera de caudillo. Éste fué el gran héroe del país, y su estatua moderna figura en uno de los paseos de Honolulu. De 1784 á 1819 emprendió una serie de empresas militares y civilizadoras extraordinarias, repitiendo dentro de su pequeño mundo oceánico las aventuras heroicas que realizaban al mismo tiempo en el hemisferio opuesto del planeta los generales de la República francesa y Napoleón con sus lugartenientes.
Creó una flota de canoas de guerra, y fué pasando de isla en isla para vencer á sus reyezuelos, convirtiendo al fin en un imperio el archipiélago de Hawai. Convencido de la superioridad de los blancos, buscó el apoyo de Vancouver y otros marinos ingleses exploradores del Pacífico, comprándoles cañones y un barco viejo de guerra. Luego, aprovechándose de la gran facilidad del pueblo canaco para aprender las artes de los extranjeros y copiar sus obras, llegó á construir buques semejantes á los de los blancos. Ensanchó y fortificó á Honolulu, capital creada por él, y al morir, en 1819, proyectaba nada menos que la travesía de una gran parte del Pacífico con todo su ejército, para ir al otro lado de la línea ecuatorial á conquistar la isla de Taití y otros archipiélagos del Pacífico del Sur.
Su largo reinado fué una mezcla de aprendizajes de civilización y viejas costumbres que se resistían á perecer. En tiempos de Kamehamea, los personajes de la corte se esforzaban por imitar los trajes y costumbres de los europeos, y al mismo tiempo, sus sacerdotes, unos brujos adivinos, seguían realizando sacrificios humanos. Cuando murió el emperador, los funcionarios más importantes, para atestiguar su pena, de acuerdo con los antiguos ritos, se arrancaron los dientes y se quemaron la cara.