—Tu viaje es demasiado rápido—dice con mansedumbre hipócrita—. Si durase varios años, tal vez sería respetable; pero ¡dar la vuelta al mundo en unos cuantos meses! ¿Qué vas á ver? ¿Qué podrás contar?...
»Bien sé que el perfeccionamiento de los medios de comunicación agranda ahora considerablemente el valor de los días y los años. Julio Verne relató como empresa extraordinaria un viaje alrededor del mundo en ochenta días. Hoy se puede dar la vuelta á nuestro planeta en menos tiempo. Tú vas á emplear en ello seis meses, pero de todos modos verás personas y cosas como en una representación cinematográfica. Sólo podrás apreciar el aspecto exterior de los pueblos; no alcanzarás á poseer el más leve destello de su alma. ¿Para qué cansarte por tan mediocre resultado?...
A mi vez creo llegado el momento de hablar duramente.
—El valor del tiempo está en relación con las facultades del que observa. Los días de viaje de algunos valen más que los años y los años de otros. Acuérdate del viaje de Chateaubriand por América. Los críticos, al estudiarlo ahora minuciosamente, con arreglo á las fechas, han demostrado de modo indiscutible que sólo pudo visitar los alrededores de Nueva York y Filadelfia, ciudades que estaban casi en formación, dentro de los Estados Unidos nacientes. Ni vió el Niágara, ni pudo navegar por el Misisipí; pero esto no le impidió dejar de ellos descripciones que muchos aprecian como insustituíbles. Además, trajo de allá la novela Átala, que ha hecho suspirar de emoción á varias generaciones, y con ella el empuje inicial del movimiento romántico, así como ciertos procedimientos descriptivos que después de pasado más de un siglo todavía emplea la literatura contemporánea.
»El artista sólo necesita ver una parte de la verdad. El resto de la verdad lo adivina por inducción, y las torres afiligranadas que levanta con su fantasía son casi siempre más fuertes y duraderas que los edificios de mazacote, escrupulosamente cimentados, que construye la grisácea realidad. ¿Quién puede, además, marcar dónde terminan los límites de una exacta observación? Muchas veces, después de vivir largamente en un país, cuando nos marchamos de él, saturados de su esencia y creyendo que ya lo sabemos todo, es cuando nos ofrece las facetas más inesperadas y nuevas.
»Me bastan esos meses de que hablas para que mi viaje resulte interesante. Un hombre de nuestra época, si es aficionado á los libros, sabe de antemano gracias á sus lecturas lo que va á ver cuando emprende un viaje, y sólo necesita comprobar por medio de sus ojos, con una visión puramente individual, lo que tantas veces contempló imaginativamente en las hojas de los volúmenes impresos.
»Tú olvidas, además, cómo somos muchos novelistas. Nuestra observación resulta instintiva. Observamos contra nuestra voluntad. Somos aparatos fotográficos con el objetivo siempre abierto y tomamos cuanto nos rodea de un modo maquinal. Esto hace que lo que no vemos en el primer momento ya no logramos verlo después, por más que nos esforcemos.
»Yo he escrito novelas cuya acción se desarrolla en ciudades que sólo vi durante unos días, y muchos lectores se imaginaron, después de conocer mis descripciones, que había vivido en ellas meses y aun años. Somos como ciertos tiradores «repentistas», que si se entretienen mucho en apuntar no dan en el blanco. Necesitan tirar instintivamente, guiándose por la voluntad más que por los ojos.
»No todos los que describen la vida usan los mismos procedimientos para romper la coraza invisible que nos opone la realidad, deseosa de que no la cautivemos. Unos proceden pacientemente, con una labor lenta de perforación. Yo soy de los que producen por explosión. Mi trabajo resulta semejante al del torpedo que parte vertiginosamente: unas veces toca en el blanco deseado, otras se pierde sin éxito en el vacío; pero cuando estalla, lo hace con una brevedad instantánea y tumultuosa.
»Sólo voy á viajar como novelista. No pienso escribir estudios políticos ni económicos sobre los países por donde pase. Contaré lo que vea y lo contaré á mi modo, como el que describe las personas y los paisajes de una fábula novelesca, sólo que ahora los seres y las cosas conservarán los mismos nombres que llevan en la realidad.