»En cuanto al alma de los pueblos y de los individuos, permíteme que no dé gran importancia á esa manoseada y acomodaticia objeción. ¿Quién puede marcar el plazo de meses ó de años que es necesario para conocer el alma de una nación ó una raza?... ¿Basta la vida entera de un escritor para completar plenamente tal estudio?... ¿No ha ocurrido más de una vez que, por adivinación genial, un simple observador de paso ha visto lo que no alcanzaron á descubrir otros después de larguísimos y miopes estudios?...
»Resultan tan complejas las almas, que no llegan á ser bien conocidas ni aun de sus mismos poseedores, así sean colectividades ó personas. Recuerda el caso de Lafcadio Hearn, el gran novelista norteamericano. Su pueblo predilecto fué el Japón. En sus libros sobre este país han bebido y hasta han robado numerosos autores. En el Japón vivió catorce años seguidos; aprendió su idioma perfectamente; casó con una japonesa; se hizo maestro de escuela para estudiar en los pequeños nipones el génesis de la psicología de los amarillos; y sin embargo, á la hora de su muerte confesó con una franqueza melancólica: «El alma de los japoneses continúa siendo un misterio para mí.»
»Respetemos el misterio de las almas extrañas, ya que ninguno de nosotros logrará conocer jamás el misterio de la propia alma, que tantas veces nos sorprende con sus decisiones inesperadas. Ese misterio eterno es el que da interés inagotable á la existencia humana. Si un día, blancos y cobrizos, rojos y negros, conociésemos perfectamente nuestras almas, la vida perdería sus mejores emociones, y nuestra historia resultaría aburridísima, con la monotonía de las cosas esperadas é invariables.
»Unas palabras más, y termino, malhumorado compañero. Dure lo que dure, mi viaje siempre resultará más interesante que la inmovilidad en este rincón agradable de la tierra. Mejor es dar la vuelta al mundo en unos cuantos meses, que no darla nunca.
»Debo confesar que en este periplo mundial que preparo hay un poquito de orgullo literario. Algunos marinos y diplomáticos españoles realizaron viajes de circunnavegación del planeta; pero fueron viajes que pueden llamarse «oficiales», con observaciones y curiosidades casi siempre de carácter profesional. Después que el judío hispánico Benjamín de Tudela salió en el siglo XII (hace ochocientos años) á explorar el mundo conocido de oídas por los hombres de la Edad Media, y consignó en un libro sus correrías hasta la India, yo voy á ser uno de los contadísimos escritores españoles que habrán repetido espontáneamente la misma empresa, aunque con ello no haré mas que imitar lo que realizan todos los años buen número de autores ingleses y norteamericanos y de damas de los mismos países aficionadas á la literatura. Pretendo escribir un libro que encierre en sus páginas el rebullir de los pueblos-colmenas del Extremo Oriente; la soledad majestuosa de los océanos, guardadores de las fuerzas renovadoras del planeta; la melancolía histórica de las grandes civilizaciones, muertas ó agonizantes.
Después que digo esto se abre un largo silencio. El jardín va acallando sus rumores bajo la pesadez del sol, cada vez más alto. Mi interlocutor calla también.
—¿Tienes algo más que decirme?—le pregunto.
Él insiste en su mutismo, enfurruñado y hostil; un silencio de adversario que se confiesa vencido momentáneamente, pero pone su confianza en la fatalidad, esperando que le ayudará en lo futuro.
—Entonces, ahí te quedas. Te dejo sobre este banco, como algo que me estorba para seguir adelante... ¡Empiece el viaje!