En un corral acuático del Hudson.—Himnos, bailes, aclamaciones y banderas.—Nueva York de día y de noche.—Las obras gigantescas de su Municipio.—Nueva York ciudad de arte.—Desde lo más alto de un «rascacielos».—El «Franconia» emprende su viaje.—«¡Adiós los que vais á dar la vuelta á la tierra!»—¿Quién de nosotros pagará el tributo á la Aventura?

La orquesta del Franconia entona de pronto un himno patriótico que tiene la lentitud religiosa de un salmo.

Las gentes dejan de reir y de gritar; las cabezas se descubren; cesa el mutuo envío de serpentinas entre las cubiertas del buque y la multitud, superpuesta en tres largas masas, que ha venido á presenciar su partida. Se interrumpe momentáneamente el espesamiento de la trama de cintas multicolores tendida del muro de acero móvil de la nave al muro sólido de hierro y madera, cuyas raíces se hunden en el lecho subfluvial.

Estamos en un patio de agua, de gran profundidad. Este patio lo forman las espaldas de un edificio enorme de hierro, y dos alas de igual construcción que avanzan sobre la llanura líquida varios centenares de metros. El fondo de este rectángulo está abierto y se ven pasar por él incesantemente—como por el espacio practicable de una decoración teatral—gigantescos trasatlánticos de varias chimeneas; veleros de cinco ó seis palos, desnudos de lona, que siguen á un remolcador negro, inquieto y rumoroso como un mosquito acuático; incansables transbordadores, verdaderos alcázares flotantes, que llevan de una orilla á otra, en sus diversos pisos, muchedumbres, masas de automóviles y pesados vehículos industriales.

El Franconia, paquebote de 20.000 toneladas, recientemente construído por la Compañía Cunard, va á hacer su primer viaje alrededor del mundo, y está amarrado modestamente en este patio, junto á otro buque de parecidas dimensiones que apoya sus pasarelas en los ventanales del ala opuesta. Nuestro anclaje es en el río Hudson, una de las dos ramas del puerto de Nueva York, centro convergente de navegación para más de la mitad de la tierra.

La orilla del río queda invisible en muchos kilómetros bajo los palacios de madera y acero de las más célebres compañías navieras. Son edificios con enormes salones, á cuyo final se ven las personas tan empequeñecidas por la distancia, que parecen de otra humanidad. Tienen depósitos capaces de recibir de una vez la carga de varios buques llegados á un tiempo de Europa; ascensores que admiten en cada viaje una muchedumbre; plataformas rodantes que suben ó bajan por sus pendientes todos los paquetes de un incesante tráfico. Y á espaldas de estas construcciones interminables avanzan perpendicularmente en el río otros edificios, aprisionando el agua en rectángulos donde se refugian los buques para hacer tranquilamente sus operaciones de carga ó de rejuvenecimiento.

Los trasatlánticos más famosos de todos los mares sólo logran asomar los extremos de palos y chimeneas sobre sus tejados. Flotas enormes de comercio permanecen casi inadvertidas en estos patios marítimos, como las bestias en los corrales de una granja.

Se extinguen en el aire las últimas notas del himno reposado y místico, las cabezas se cubren, y estalla un coro de gritos junto á los costados del Franconia. Algunas señoras llegadas de los Estados del interior para despedir á sus amigos que van á dar la vuelta al mundo, sacan repentinamente banderas nacionales de estrellas y rayas, y sosteniéndolas con ambas manos, las dejan aletear bajo las ondulaciones del fresco viento del río. Vuelan otra vez las serpentinas de papel y se hace más densa la telaraña de colores que une frágilmente el buque á los tres pisos del muro cercano.

Me despido de los numerosos periodistas—en gran parte mujeres—que han venido á pedirme la última interviú sobre los más diversos é inesperados temas. El grupo de fotógrafos de diarios y revistas me somete á las postreras «instantáneas» en traje de viajero.

La orquesta ha emprendido una serie ascendente de fox-trots y otras danzas americanas. La muchedumbre grita en el buque y en los férreos ventanales de enfrente, excitada por el ritmo de tal música. Algunas parejas impacientes empiezan á bailar en las diversas cubiertas. Los sillones alineados en los paseos de á bordo guardan ramos de flores, enormes como gavillas de trigo, y cajas de dulces que abultan cual si fuesen maletas.