De todos los músicos del mundo civilizado, el único que viene á la memoria al escuchar estos Lieder amorosos del antiguo Hawai es Schúbert.
XI
EL LAGO DE FUEGO
Las mujeres de Hawai, superiores á los hombres.—El cinematógrafo en el archipiélago.—El baile de las «hulas» y los actuales tapujos impuestos por la autoridad.—El paganismo de la reina Lilinu-Kalami.—Las selvas de helechos.—El cráter-lago del Kilauea.—El guarda del volcán.—Nocturno rojo.—Una calefacción nunca vista.
Como llegamos en la tarde de un domingo, todo el vecindario de Hilo está en los muelles. Además, la presencia de un buque del tonelaje del Franconia representa un suceso para la isla de Hawai. Los grandes paquebotes del Pacífico pasan de largo y no se detienen hasta Honolulu, que está á doce horas para ellos, pero á dos ó tres días de distancia para los habitantes de la antigua Hawai, obligados á valerse de pequeños vapores que hacen escala en varias islas del archipiélago antes de llegar á su capital.
En el puerto de Hilo sólo vemos anclados algunos veleros de gran cabida y cinco ó seis palos, como únicamente pueden encontrarse en los desiertos del Atlántico y el Pacífico ó en sus bahías insulares. Vienen á cargar maderas olorosas. El sándalo ya no es abundante, pero en tiempos de Kamehamea I y sus inmediatos sucesores fué la principal riqueza del país y su único artículo de exportación. Cada vez que el belicoso emperador necesitaba dinero para sus guerras hacía una corta de sándalo, y acudían inmediatamente flotillas de juncos chinos, de arquitectura y velamen medioeval, para llevarse la preciosa madera.
Los muelles y los terrenos inmediatos al puerto están ennegrecidos por el rebullir de la muchedumbre que espera y por numerosos automóviles. En muchas tierras oceánicas fué extraordinaria la facilidad con que el indígena adoptó las comodidades más elementales del progreso. Los antiguos habitantes de Hawai, aunque celebraban sacrificios humanos, nunca fueron antropófagos; pero en otras islas puede decirse que los naturales han saltado de la pierna de misionero asada al manejo del Ford y la pluma estilográfica. En Hilo, todo comerciante, empleado ó modesto tendero tiene su automóvil. Además, son numerosos los chófers con vehículo propio que se dedican al servicio público.
Al llegar á esta primera escala después de América, nos salen al encuentro la Oceanía con sus razas de origen malayo y el Asia con toda la variedad de sus pueblos emigrantes. La vestimenta es uniforme; todos van á la moda norteamericana, con telas ligeras y colores claros, pero los rostros ofrecen una enorme variedad, á causa de los diversos orígenes de los habitantes, canacos, chinos, japoneses, americanos y de varias procedencias europeas.
La policía empuja al gentío para que deje un espacio libre ante el Franconia, y éste se adosa poco á poco al más extenso de los muelles, cubriéndolo todo con su alto muro de acero perforado de ventanos.
Hay un grupo de muchachas, en mitad de este vacío, vestidas de blanco, de rosa, de azul, que llevan en sus brazos cientos de collares, encarnados y amarillos. Son hawaianas que guardan las costumbres del país y vienen á dar la bienvenida á los viajeros, colocándole á cada uno su correspondiente collar, con arreglo á la tradición. Todas ellas saben los bailes de las antiguas hulas, y han organizado para esta noche un festival hawaiano, que nos hará conocer los cantos y las danzas de los tiempos idílicos, anteriores á la austera viuda de Kamehamea.
Son jóvenes esbeltas, ligeras, de sueltos y graciosos movimientos. Se adivina en su paso y en las posiciones que toman al quedar inmóviles la agilidad saludable de sus cuerpos. Unas son bronceadas, como las antiguas canacas; otras, pálidas y casi rubias por el cruzamiento de los blancos con sus madres y abuelas.