Cuando digo bronceadas hablando de las hawaianas—como más adelante, al describir las mujeres de Java—, entiéndase que aludo al bronce dorado y luminoso, al bronce claro y limpio que tiene casi la misma tonalidad del oro; no al bronce sucio, obscuro y de tonos verdosos. La tez de algunas de estas jóvenes parece brillar como los objetos metálicos recién pulidos por una violenta frotación. Sus cuerpos de gallardía gimnástica se revelan á través de sus ligeras vestimentas, como los de las griegas que tomaban parte en los Juegos Olímpicos.

Todas ellas circulan por el muelle coqueteando con los hombres, y son las primeras que entran en el buque, mirándolo todo con graciosa audacia. Luego empiezan á meter sus collares por las cabezas de los viajeros, tratando á señoras y señores como si fuesen amigos, conocidos por ellas toda su vida.

En Hawai la mujer se ha considerado siempre superior al hombre, tal vez porque, en los pasados tiempos de comunismo amoroso y voluptuosidad libre, se vió muy solicitada y pudo escoger y mandar. Ya hemos dicho cómo el heroico Kamehamea pasó su vida engañado y dominado por su esposa. Todos los súbditos debieron vivir en igual dependencia que su emperador.

Hoy las mujeres de Hawai son de costumbres regulares y virtuosas, ni más ni menos que en los otros países, pero conservan por tradición cierta superioridad directiva sobre el hombre. Además, esa educación fomentadora de la energía, que adquiere el sexo femenino en todo país donde implantan los Estados Unidos sus escuelas, contribuye á aumentar dicha independencia.

Tres de las jóvenes, siguiendo las indicaciones de los periodistas que salieron al encuentro del buque, vienen á mí para colocarme tres collares sobre los hombros, saludando en inglés con palabras de exagerado elogio al autor de Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Otras de sus compañeras no osan acercarse y me sonríen desde lejos.

—¿Pero es que todas estas señoritas—pregunto á uno de los periodistas—han leído mi novela?...

Sonríe el interpelado con incredulidad. Tal vez unas cuantas de ellas conocen mi libro, que está en todas las bibliotecas públicas de la isla. Abundan en Hawai las librerías populares. Las dos preocupaciones del norteamericano son la higiene y la educación, y cuando se posesiona de un país, lo primero que hace es combatir las enfermedades contagiosas y abrir escuelas y bibliotecas.

—Lo que puedo afirmar—continúa el periodista—es que todas las muchachas de la isla han admirado el film sacado de su novela.

El cinematógrafo es en Hawai una diversión permanente. Sólo de tarde en tarde llega alguna compañía dramática de los Estados Unidos ó de actores del Japón, para los numerosos compatriotas suyos que existen en el archipiélago. El llamado «teatro mudo» funciona todas las noches, repitiendo sobre unas tierras perdidas en la inmensidad del Pacífico lo mismo que ocurre en muchas ciudades provinciales de los continentes europeo y americano. Las muchachas copian gestos y trajes de las heroínas cinematográficas, y los jóvenes hacen idénticas imitaciones. Al llegar yo al archipiélago comentaban los periódicos burlonamente la afición creciente de la juventud hawaiana á usar sombreros á la española y patillas cortas, como Rodolfo Valentino, el famoso protagonista del «film» Sangre y arena, hecho en los Estados Unidos.

Cuando cierra la noche vamos á la ciudad de Hilo, que está algo distante del puerto, para asistir al festival hawaiano. Éste se celebra en un teatro japonés, casi igual á los demás teatros, con la única particularidad de tener más de ancho que de profundo. Las filas de asientos son poco numerosas y en cambio larguísimas; el escenario tiene una gran latitud y poco fondo.