Con la intrepidez de las mujeres hawaianas, se rebeló al verse en el trono contra la influencia dominadora de las gentes extranjeras avecindadas en las islas. Los misioneros evangélicos eran los que dirigían verdaderamente al país, y ella, por seguir sus propios gustos y por fortalecer el espíritu nacional, fomentó la resurrección de las tradiciones y fiestas del antiguo archipiélago gobernado por Kamehamea.
Lilinu-Kalami escribía versos y componía romanzas. Su corte la formaban mujeres aficionadas á la poesía y al baile. Una tropa de hulas hermosísimas iba con ella á todas partes. Sus tardes en el jardín de Honolulu eran de continuas danzas, que servían de pretexto al mismo tiempo para intrigas amorosas.
Los misioneros gritaron contra esta resurrección del paganismo hawaiano, y como eran los verdaderos dueños del país, destronaron fácilmente á la dulce Lilinu-Kalami, que no quiso intentar ninguna resistencia. Aún vivió largos años en un palacio de Honolulu, propiedad suya, que hoy ocupa el gobernador, nombrado por el presidente de los Estados Unidos. Los viajeros de alguna importancia, al pasar por Honolulu, visitaban á la ex reina, viéndola rodeada por una corte fiel de bailarinas y músicos poetas, que la acompañaron en su desgracia hasta el último momento.
Como Hilo es la ciudad del archipiélago que mantiene más tenazmente la memoria de la antigua independencia, dedica una especie de culto á la última soberana del país. Todos cantan una romanza melancólica que compuso Lilinu-Kalami después de su destronamiento. Los músicos jóvenes y tristes la tocan repetidas veces durante la representación. Cuando ésta termina se ponen de pie todos á la vez y rompen á tocar con sus instrumentos el antiguo himno de Hawai. El público, compuesto de norteamericanos, se levanta espontáneamente para escuchar con respeto este himno de una nación que ya no existe y cuyo territorio han ocupado ellos para siempre.
Los músicos, mientras tocan, volviendo sus espaldas á los espectadores, parecen decir:
—Somos débiles y cada vez seremos menos. Nuestra raza está condenada á desaparecer; pero mientras exista, queremos que no se olvide lo que fuimos.
Y los norteamericanos los miran con simpatía é interés. Algunos más conocedores de la historia del país, luego de escuchar el himno justifican la ocupación de las islas de Hawai.
Después del destronamiento de Lilinu-Kalami, el archipiélago se constituyó en República; pero como los nuevos gobernantes eran todos norteamericanos por origen ó por educación, acabaron pidiendo en 1898 el ser anexionados á los Estados Unidos. La independencia del país no podía mantenerse más tiempo. De no ocupar los norteamericanos las islas de Hawai, se hubiese apoderado de ellas el Japón. Cada año aumentaba de un modo alarmante la cantidad de japoneses residentes en el país. Aun hoy, después de haberse cortado en parte esta corriente emigratoria, resulta considerable la población japonesa.
Al día siguiente vamos á visitar, en el interior de la isla, la más interesante de sus curiosidades: el volcán de Kilauea, que es en realidad un lago de fuego, distinto á todos los cráteres conocidos. Como ocurre en muchas islas de enorme altura, se salta aquí, en el transcurso de unas horas, del calor al frío, de la vegetación tropical á la de la zona templada ó de los países nevados.
Dejamos atrás las plantaciones de caña de azúcar á orillas del mar, los bosques de cocoteros y lianas floridas, las aldeas de japoneses vestidos á lo norteamericano. El automóvil rueda varias horas por caminos excelentes pero de violentos zigzags que escalan las alturas. Cambia la vegetación según va cambiando la atmósfera. Al aire pesado y densamente oloroso de las plantaciones próximas al Océano sucede un vientecillo sutil y fresco que parece agrandar la cabida de los pulmones.