Entramos en la región templada y fría, que el gobierno ha convertido en Parque Nacional. La vegetación se compone especialmente de helechos, pero enormes, de proporciones monstruosas, con una exuberancia propia del Trópico, pero de un Trópico alto, ventoso y en constante humedad. La luz del sol se hace verde al filtrarse por la interminable bóveda que forman las hojas tiernas de estos helechos fuera de las proporciones ordinarias. Al avanzar por los senderos, vemos que el suelo de lava pulverizada es puro barro, á causa de la humedad de invernáculo que destilan continuamente las plantas.
Los guardianes del parque, jinetes elegantemente uniformados, que llevan sombrero de cow-boy puntiagudo, con cuatro abolladuras, nos van mostrando los cráteres muertos. Estos embudos de rocas basálticas quemadas fueron negros, pero un clima fecundo los ha cubierto de vegetación.
Subimos otra vez al automóvil, y saliendo de los túneles verdes, empezamos á atravesar una meseta árida y desierta, de muchos kilómetros de extensión. Son campos de lava formados por los derrames del volcán; un oleaje petrificado, negro, de brillo metálico. A trechos, varios cartelitos impresos marcan la fecha de cada erupción. Algunas capas, iguales en apariencia á las otras, datan solamente de hace seis años.
Vemos lava por todas partes, y sin embargo, nuestros ojos no encuentran el volcán. Como estamos acostumbrados á los cráteres en cono, á montañas que vomitan fuego, no podemos adivinar dónde está la boca volcánica en esta llanura situada á enorme altitud, pero que visualmente tiene la horizontalidad de una playa. Han abierto á pico un camino en las capas eruptivas, y los automóviles se balancean rudamente por la inconsistencia del suelo. A veces se rompe la costra negra y la rueda cae en una oquedad que guarda el color herrumbroso y rojizo de la lava, aislada durante su enfriamiento del contacto atmosférico.
Se llega en automóvil hasta el mismo cráter del Kilauea. Sólo resulta visible cuando se está á pocos pasos de su boca, enorme rasgadura de un kilómetro.
Es un lago hundido en la peña, una depresión de paredes verticales. Ni humo ni olor. A seis metros de profundidad, se mueve un barro negro con incesante oleaje. Este color negro es falso y únicamente existe á las horas de sol vertical. En realidad, ni aun en tales momentos es permanente su negrura. Se abren en la inquieta superficie grandes agujeros rojos que se hinchan después en forma de burbujas y arrojan surtidores de fuego. Éstos suben como el chorro de una fuente ó se abren en forma de ramillete. El barro ígneo se parte en otros lugares, formando grietas que serpentean como anguilas purpúreas. A ratos se levanta en tumefacciones enormes que acaban por reventar, expeliendo su piel negra formada de escorias y dejando al descubierto el abceso rojo, que se eleva unos instantes y vuelve á caer.
En ciertos momentos parece que un monstruo, sumido en el fuego como si fuese su elemento natural, patalea para salir del lago, levantando la trompa, las patas ó la grupa poderosa y ardiente.
No hay mas que ligeras humaredas sobre esta cuba enorme; pero tales vapores, como ya dije, abundan en toda la isla. El suelo de las orillas quema un poco y no se pueden descansar mucho tiempo los pies en el mismo lugar. Al sentarse en una roca, cerca de los bordes, se percibe un temblor profundo, sordo, disimulado, que se transmite á la parte del cuerpo apoyada en la piedra...
Pero todo permanece tranquilo en torno nuestro, como si estuviéramos junto á un lago, en un ameno jardín. Sólo el calor que sale de la enorme cavidad nos hace recordar que lo que se mueve abajo es fuego y no agua. Parece inverosímil que este lago sea un cráter que eleva con frecuencia el nivel de su líquido ígneo, lanzando rectamente, á través del espacio, una columna de trescientos metros de vapores y materias inflamadas. Al mismo tiempo, una cascada de fuego salta fuera de sus bordes, extendiendo nuevas capas de lava sobre una extensión hasta de cuarenta kilómetros.
Con el aire satisfecho del propietario que muestra su jardín, se pasea en torno al volcán un hombre de pequeña estatura. Su rostro está tan desfigurado por el calor, que en realidad no se sabe á qué raza pertenece. Lo mismo puede ser canaco que un blanco transformado por el ambiente. Lleva cuarenta y dos años de guardar el Kilauea, y conoce el curso de sus cóleras ruidosas, la variedad de sus caprichos, la mansedumbre hipócrita de sus largos reposos. Este Nibelungo del volcán tiene las barbillas canas, los ojos inflamados, y el rostro tan curtido y con profundas arrugas que parece rajado á cuchilladas.