Nos dice dónde hay que colocarse para estar en seguridad. Las orillas del cráter se desfiguran con frecuentes desprendimientos. En algunos sitios el muro del lago se mantiene vertical; en otros está en declive, á causa de recientes derrumbes; más allá avanza en equilibrio inestable, roído inferiormente por la ola de fuego, que va abriendo un socavón. Puede derrumbarse de un momento á otro, arrastrando á, los imprudentes que se asoman, sin saber lo que tienen debajo de sus pies.
Habla el guarda con cariño de las bellezas de su volcán, único en toda la tierra que se deja contemplar de cerca, sin expeler vapores azufrados que hacen llorar, sin nubes de humo asfixiante que obligan á, retroceder.
—De día—añade—es menos interesante. El sol impide ver el fuego. ¡Si ustedes volviesen en plena noche!...
Volveremos para ver al Kilauea en todo su esplendor. A seis kilómetros de su cráter, más allá de la zona que invaden las lavas, está el «Volcano House», hotel elegante, servido por japoneses y con lujosos bazares; una residencia de verano para los plantadores de caña y los funcionarios norteamericanos que necesitan huir del calor excesivo y la atmósfera abrumadora de la costa. Tomamos el té de media tarde y comemos á las siete en este hotel, escuchando otra vez las romanzas hawaianas de la misma orquesta de jóvenes melancólicos, que parece seguirnos á todas partes.
El «Volcano House» está rodeado de jardines frondosos que expelen humo por grietas invisibles, como todos los bellos paisajes de Hawai. El fuego planetario avisa su presencia á través del suelo de esta isla que goza una primavera de doce meses, no ve nunca sus árboles desnudos y sustenta las hermosuras naturales más dulces y tranquilas de la tierra... ¡Y pensar que este paraíso puede desaparecer en unos cuantos minutos de cólera subterránea, borrándose sobre la superficie del Océano, como algo soñado que no existió nunca!...
En plena noche volvemos á través de los campos de lava. Brillan como pajuelas de plata las aristas de las olas negras y petrificadas reflejando los faros de los automóviles. Una especie de aurora boreal enrojece el fondo del horizonte y nos sirve de guía.
Es una claridad roja, semejante á la de un incendio; pero un incendio inmenso, sólo comparable al de una ciudad que ardiese entera. Cuando nos aproximamos al lago de fuego las luces de los automóviles palidecen, hasta parecer unos redondeles opacos pintados de amarillo. En cambio, personas y cosas quedan envueltas en un esplendor purpúreo que nos permite vernos igual que en pleno día.
El Kilauea tal vez está lo mismo que en la primera visita, pero de noche se impone á nosotros con una emoción más honda, nos parece más inquietante, como si estuviera preparando un estallido y fuese á saltar en oleadas de fuego más allá de los bordes de su cráter.
Todo el fondo de barro ígneo se muestra agitado por la ebullición. La costra ligeramente negra transparenta el fuego lo mismo que un tul. Luego se rasga dando paso á fuentes y cúpulas mayores y más luminosas que las del día. Las anguilas ardientes son ahora monstruosas boas y levantan enjambres de chispas al ondular sus anillos.
Un calor infernal sale del lago. Las paredes de roca, al reflejar esta superficie ígnea, parecen arder interiormente. Un grupo de nubes blancas se ha inmovilizado sobre el cráter, enrojeciéndose como vedijas de algodón empapadas en sangre. Más allá de este reflejo celeste, que es rojo en su parte céntrica y rosado en sus bordes, la noche tropical extiende su azul profundo perforado por la punción laminosa de los astros. Un cuarto de luna, llevando á remolque un diamante estelar, eleva poco á poco su mansa navegación por el océano astronómico.