Guiado por un isleño de origen portugués que maneja nuestro automóvil, voy en busca del peñasco que me sirvió de asiento al principio de la tarde. El gnomo guardador del volcán nos sale al paso para que sigamos una dirección opuesta. Ya no existe el asiento, ni la orilla en que pusimos nuestros pies. Según dice el guardián, cayeron al fondo del cráter á las pocas horas, mientras tomábamos el té escuchando á los músicos en el «Volcano Housse».
Ocupamos otro lugar, después que el hombrecillo requemado nos jura por su experiencia que estaremos en él con toda seguridad. Transcurre para nosotros más de una hora con la rapidez de contados minutos. Bien conocida es la atracción del fuego, la somnolencia meditativa que se apodera de nosotros cuando tomamos asiento junto á un hogar y seguimos con los ojos las caprichosas evoluciones de las llamas. Es necesario un esfuerzo enorme para salir de esta absorbente contemplación.
En los bordes del Kilauea se siente la misma somnolencia contemplativa, pero con el agrandamiento propio de la diversidad de proporciones. Es necesario que los guías nos recuerden que estamos en un sitio desierto, en plena noche, y á cuatro horas de automóvil de la ciudad de Hilo, para que nos decidamos á renunciar á este espectáculo, único en el mundo, que tal vez no volveremos á ver nunca.
Al pasar por última vez ante el «Volcano Housse», digo adiós al director del Parque Nacional.
Es un mocetón norteamericano, grande, fuerte, de amable sonrisa, que recorre á caballo incesantemente los bosques de koas (árboles gigantescos del país), las selvas húmedas, los cráteres secos, los volcanes que echan humo y el lago de fuego líquido, contenidos en sus dominios. Lleva un elegante uniforme de mosquetero, como los guardianes que están bajo su mando, y cuando desmonta del caballo, con una ligereza de jinete de cinematógrafo, es para entrar en su oficina, situada frente al hotel.
Creo que tampoco volveré á ver un edificio tan original é interesante. No es mas que una graciosa casa de madera, como muchas habitaciones campestres de los Estados Unidos, elevada un par de metros sobre el suelo y con una galería cubierta que se extiende por sus cuatro fachadas.
El director del Parque, entre mis dos visitas al volcán, me ha hecho entrar en esta oficina, igual á todas las de los Estados Unidos. La bandera de las rayas y las estrellas ondea sobre el frontón triangular de la casa. Dentro veo los retratos de Wáshington y de Lincoln, grandes tableros de dibujo, mapas del Parque fijos en las paredes, diseños de los cráteres, estadísticas de sus erupciones, muestras de vegetales y minerales.
Después que el simpático jinete de botas amarillas y resonantes espuelas me muestra todo esto, añade con simplicidad:
—Lo que tal vez le interesará un poco es la calefacción de mi vivienda. Aunque usted ha viajado mucho, bien puede ser que no conozca nada semejante.
Salimos del edificio. Cerca de la pequeña escalinata de su puerta, hay una grieta profunda entre dos peñascos: una especie de chimenea natural que desciende recta en el suelo.