—La he sondeado más de cien pies—sigue diciendo—, sin encontrar el fondo. Es un respiradero del volcán que derramaba antes su calor sin provecho para nadie. Va usted á ver.
Y veo que mueve una palanca de madera tallada groseramente, para levantar una pequeña compuerta, también de madera, que obstruye la grieta.
Volvemos al interior de la oficina, y su temperatura empieza á elevarse por momentos. Al poco rato la atmósfera es para hacernos sudar. El calor de la grieta subterránea, siguiendo un conducto de albañilería, pasa por debajo de toda la casa y se pierde finalmente, saliendo por la techumbre á través de una chimenea de ladrillos.
—Esto lo he inventado yo—añade con orgullo—. Ahora no es agradable, pero en invierno, cuando cae nieve y sopla el huracán de las alturas, da gusto estar aquí.
Miro con asombro á este hombre que somete los volcanes al servicio de su oficina, y duerme tranquilo todas las noches sobre el gigantesco hornillo generador de una calefacción inapagable y gratuita.
XII
LA CIUDAD FLORIDA
Los nadadores de Honolulu.—Las casas jardineadas de los empleados.—El mundo fantástico del Acuario.—Los peces-hombres.—La playa elegante de Vaikiki.—Nataciones en Diciembre.—Los saltadores de olas.—El gigantesco árbol del «Moana Hotel».—El niño del sombrero.—Almuerzo en la Asociación de la Prensa, con más mujeres que hombres.—El palacio de Lilinu-Kalami.—Los dos Jardineros.—El collar de la reina.—La señorita que por primera vez en su vida habla con un español.
Un largo estremecimiento musical corre sobre el lomo turquesa del mar. Ante nuestros ojos se extiende la isla de Oahu, que unos llaman la isla Encantada y otros la isla Florida.
Van surgiendo en el horizonte los altos edificios blancos de la moderna Honolulu; luego numerosos barracones de muelles y embarcaderos, sobre cuyos tejados asoman sus mástiles y chimeneas los enormes paquebotes, cruceros mercantes del Pacífico. Más allá de la ciudad comercial se extienden los barrios de la ciudad-jardín, con su vegetación más abundante en flores que hojas.
Los campos cultivados en líneas rectas, semejantes á las del viñedo, producen la piña dulce, llamada ananás. La mayor parte de esta piña que se consume en el mundo procede de Honolulu. Hay aquí fábricas importantes que la cortan en rodajas y la encierran en botes con su meloso líquido, exportándola á los más lejanos extremos de la tierra.