Detrás de las huertas en suave declive se eleva rápidamente la montaña volcánica, vestida por la arboleda tropical. En las cumbres de roca pelada, que son cráteres apagados, se enredan las nubes, deteniendo su carrera atmosférica. La isla está iluminada en su parte baja por el dorado sol de la tarde, y al mismo tiempo, arriba, un grupo de nubes plomizas ensombrece las montañas. Por encima del toldo de vapores que derrama su lluvia sobre las cumbres, traza la luz solar un extenso arco iris, y éste va de un extremo á otro de la isla, como una campana de cristal multicolor guardadora de un objeto delicado y precioso.

Se aproxima el estremecimiento musical, que parece rizar el dorso de las aguas. Dos remolcadores hacen evoluciones ante la proa del Franconia. Uno de ellos va repleto de músicos con uniforme militar. Es la Banda Municipal de Honolulu que sale á nuestro encuentro para darnos la bienvenida, entonando como es de ritual el Aloha y El collar de las islas. Pero esta vez son instrumentos metálicos los que interpretan la música del país, suavizados por la sordina que impone la inmensidad del mar.

En el otro vaporcito hay varios grupos de jóvenes vestidas con alegres colores y que agitan sus brazos cargados de collares. Son señoritas de Honolulu, casi todas de raza blanca, hijas de europeos y norteamericanos establecidos en el país. Llevan sombrero y van vestidas á la última moda. No tienen el aire tradicional ni los rostros medio canacos de las muchachas de Hilo, que gustan de ir con la cabeza destocada. Además, los collares de Honolulu son de flores naturales, por abundar más la jardinería en esta isla que en la de Hawai.

Dos aviones militares de la defensa del archipiélago revolotean sobre nuestro buque con la estridencia característica de los potentes motores norteamericanos.

Cuando nos aproximamos al puerto, una nueva representación de Honolulu viene á unirse á las que nos han dado la bienvenida navegando en el mar ó en la atmósfera. Varios enjambres de nadadores se zambullen y vuelven á emerger ante la proa de nuestra nave, angustiándonos con el temor de ver partido á uno de ellos bajo el tremendo espolonazo. Otros nadan en fila junto á los flancos del buque, gritando al mismo tiempo á los viajeros asomados en las bordas. El Franconia marcha despacio buscando la entrada del puerto; pero sabida es la desarmonía de proporciones entre las limitadas energías del hombre y la fuerza gigantesca que mueve á estos palacios de acero. La lentitud de un paquebote representa una velocidad enorme para el brazo humano, y sin embargo ninguno de estos tritones se queda atrás; todos se mantienen junto al buque, cortando el agua como delfines.

Es frecuente ver en los puertos enjambres de nadadores que piden á gritos les echen unas monedas para perseguirlas en la profundidad acuática; pero son siempre chicuelos, más ágiles que veloces en su natación. Los de Honolulu son todos hombres, canacos en su mayor parte, y algunos japoneses; atletas de cara fea y cuerpos admirables, en los que se armoniza la exuberancia de los músculos con la corrección de las líneas. Como de sol á sol entran en el puerto de Honolulu numerosos buques para descansar unas horas nada más y volver á partir, estos nadadores pasan el día entero en el agua, acompañando á los que se van y saludando á los que llegan, en espera de unas monedas solicitadas á gritos.

En ninguna parte he oído voces como las de estos bárbaros nadadores. Al escucharlas por primera vez no podíamos explicarnos la procedencia de tales gritos. Parece imposible que sus rugidos de vibración metálica puedan salir de la estrecha caja de un pecho humano. Para describirlos exactamente habría que decir que todos ellos rugen como una campana enorme que en vez de repiques y volteos pudiese lanzar rugidos.

Somos esperados en el muelle con coronas de flores y nuevas músicas, La Asociación de la Prensa de Honolulu, que organizó hace pocos años en Hawai un Congreso universal de periodistas, viene á saludarme, y sus representantes, siguiendo los usos del país, me colocan un gran collar de rosas sobre los hombros. Luego me enseñan la ciudad.

Su parte céntrica es obra de la iniciativa norteamericana y sólo data de unos veinte años aproximadamente. Tiene una Casa de Correos enorme, que recibe y cambia la correspondencia de tres continentes, América, Asia y Australia, pasando los sacos de cartas de unos buques á otros; tiene edificios de muchos pisos, calles rectas y cuidadosamente asfaltadas, aceras amplias, grandes tiendas, y su aspecto general es el de una ciudad del interior de los Estados Unidos.

Pero la influencia norteamericana se limita á la construcción, recobrando la capital polinésica su aspecto característico en todo lo referente á la vida. En los almacenes grandes ó modestos, los dependientes y muchas veces los amos son japoneses, chinos, malayos ó indostánicos. Los rótulos de las tiendas, junto á las palabras en inglés ostentan otras en idiomas incomprensibles y alfabetos exóticos, de formas pintorescas. El movimiento en las calles está regulado escrupulosamente por la policía, pues abundan con exceso los automóviles; pero estos agentes, que ocupan una especie de púlpito sombreado por enorme quitasol y agitan sus brazos como directores de orquesta para que avancen ó retrocedan los vehículos, son todos ellos canacos, de cara de ídolo y una obesidad que parece va á hacer saltar con su desbordamiento grasoso los botones del uniforme.