Después de las avenidas de altos edificios empiezan á desarrollarse las calles-paseos en una extensión de muchos kilómetros. Cada vivienda se halla enclavada en el centro de un jardín. Una faja de vegetación separa las casas de la calle. Muchas de ellas, por ser de ricos, abundan en columnas y estatuas, reproduciendo los estilos de Europa. Otras de elegancia graciosa son de madera: los llamados bengalows.

Se adivina que en este país el jardín representa más que la casa, pues la dulzura de un clima siempre clemente permite la vida al aire libre. Las ventanas son enormes. Los salones y comedores sólo tienen pared en el fondo, y las tres caras restantes, que dan al jardín, están abiertas, con simples columnas que sostienen el techo. Las plantas se expanden sin límites en esta tierra fecunda en flores. Hasta los árboles de las avenidas parecen gigantescos ramilletes.

Muchas de estas casas floridas excitan mi admiración. Deben vivir en ellas poetas, delicados artistas, solitarios de silenciosas meditaciones. En Europa, uno de estos edificios pequeños, con las paredes tapizadas de rosas y estrellas purpúreas, que hasta tienen en las cornisas vasos colgantes con chorros de flores, representaría un paraíso para el intelectual que lograse poseerlo. Mis acompañantes me explican que la mayor parte de estas casas están ocupadas por empleados de Banco, contramaestres de fábricas ú obreros especialistas, que en su país tendrían que habitar un compartimiento de los horribles edificios destinados á las gentes de sueldo modesto, Indudablemente deben sentirse felices en su jardín, eternamente esplendoroso, pero me abstengo de preguntarlo. ¡Quién sabe! El hombre ambiciona siempre lo que no tiene y sólo ve la felicidad allí donde él no se encuentra.

Ansío visitar el jardín submarino de Honolulu luego de haber admirado las esplendideces vegetales de su suelo. El Acuario de la ciudad es célebre en el mundo por las especies del Pacífico que guarda y no pueden encontrarse en ningún otro mar.

Paso más de una hora contemplando con asombro las variedades animales de una vida profunda y misteriosa que tiene por escenario los abismos mayores de nuestro planeta y nunca ha sido vista de cerca por el hombre. No hay colores sobre la tierra que puedan ser comparados con los que ostentan los habitantes de las simas abisales. En las profundidades del Océano el color es tierno, eternamente jugoso, con una luz interior, como las pinceladas recientes que aún no han sido secadas y ensombrecidas por la influencia atmosférica.

Veo peces rayados como la cebra, manchados como el tigre, melenudos como el león. Unos flotan lo mismo que plumas verdes ó doradas; otros imitan las rugosidades y la inmovilidad de la piedra; más allá mueven sus múltiples faldellines de gasa, como bailarinas del profundo escenario oceánico, al que nunca llega el sol, y donde monstruos de luminosos tentáculos sirven de lámparas, emitiendo una claridad fosfórica. Los hay que tienen la cabeza relinchante de un caballo y hacen corvetas en el agua, como los corceles del paganismo marítimo montados por las Nereidas.

Otros animales que son la especialidad del Pacífico despiertan en mí un sentimiento de miedo y al mismo tiempo de humildad. Tienen cara de hombre, pero de un parecido exacto, sin que sea necesario valerse de la fantasía para extremar tal semejanza. Su nariz se despega del rostro, lo mismo que la nuestra; su boca es humana, pero con el mentón entrante de los degenerados. Sus ojos, al aproximarse al cristal, nos miran con una expresión que parece reflejar los sentimientos brutales de un alma rudimentaria. Son como futuros hombres que se hubiesen inmovilizado en forma de peces, sin poder continuar su evolución; hombres de rostro feroz, de mirada dura, de instintos egoístas y crueles, que únicamente viven para perseguir, matar, comer y reproducirse. Nos recuerdan á nuestros remotísimos abuelos que atravesaron los incalculables siglos de la prehistoria repartiendo peñascazos y golpes de tronco para inaugurar la supremacía de la especie humana sobre el resto de la creación.

En este Acuario, viendo cómo evolucionan en sus cajas de cristal los seres multicolores arrancados á las profundidades oceánicas, se duda un poco de nuestra superioridad y nuestro orgullo.

Cada uno de nosotros cree instintivamente que es el centro del universo, y todo cuanto existe en torno de él, animales, plantas y minerales, fué creado para el placer de sus sentidos ó la satisfacción de sus deseos. Y estos habitantes del Pacífico, infinitamente más numerosos que nosotros, nos ignoran como nosotros los ignoramos. Cazan, guerrean, hacen el amor, se suceden en el disfrute de la inmensidad oceánica, luciendo sus maravillosos colores y sus formas bizarras para ellos mismos. No saben que existe el hombre, con todas sus vanidades, con su historia orgullosa, que tiene por reducido escenario unos cuantos bullones de costra sólida emergidos de la inmensidad del mar.

Cerca del Acuario está Vaikiki, la playa elegante de Honolulu, y en ella el «Moana Hotel», famoso en los Estados Unidos. Todo extranjero que llega á la isla necesita bañarse en esta playa, pues al volver á su país, los conocedores del archipiélago le preguntarán si ha nadado en Vaikiki. Este es un mar tropical, mas no por esto deja de resultar molesto lanzarse á él en pleno mes de Diciembre. Pero mis compañeros de viaje, entre dos olas, hacen elogios de la tibieza del mar, aunque algunos de ellos castañetean los dientes. Las damas, con ligerísimos trajes de baño, se lanzan igualmente al agua, interesadas por los ejercicios náuticos de los canacos.