El mayor atractivo de esta playa es el que ofrecen los juegos de los saltadores de olas. Los antiguos hawaianos aprendían desde su niñez á sostenerse de pie sobre una tabla elíptica de dos metros, especie de patín acuático, que podían llevar á cuestas, como un escudo de madera, utilizándolo para el paso de ríos y estrechos marítimos. Puestos de bruces sobre esta tabla, mueven pies y manos con un ritmo de tortuga, avanzando rápidamente sobre las aguas tranquilas. Si hay olas, se ponen derechos sobre el escudo, con admirable equilibrio, como si sus pies estuviesen soldados á la madera, y se dejan llevar por la fuerza de las rompientes.

Desde la playa vemos filas de hombres erguidos sobre el agua, que vienen hacia nosotros con la rapidez de la ola. Como la tabla no se ve, parece que marchan lo mismo que Jesús en el lago de Tiberíades. Son estatuas de carne sobre un pedestal de espuma. Corren sin mover los pies; cortan el aire por el impulso de la rompiente, hasta que ésta se extingue, y el nadador, falto de empuje, cae por inercia fuera de su tabla.

Algunas damas norteamericanas reman en estrechísimas piraguas que se sostienen gracias á otra más pequeña, en forma de balancín, unida por dos medios arcos de bambú. Su remo es la pagaya, pala corta movida con las dos manos. Juegan á pasar sobre las rompientes en esta embarcación frágil, quedando durante algunos segundos bajo la espuma de las olas. En las mismas piraguas van canacos casi desnudos, como en los tiempos de Kamehamea, contrastando la obscuridad de sus carnes con la blancura de piernas y brazos de las remadoras, no más vestidas que sus compañeros de pagaya.

Al sentarme en el jardín del «Moana Hotel» para contemplar estos juegos náuticos, empiezo á sentir en mi olfato cierta embriaguez, como si estuviese en la tienda de un gran perfumista. Miro los árboles y los arbustos cargados de flores, pero me doy cuenta de que su aromática respiración es algo más sutil y discreto que la esencia vigorosa esparcida por todo el hotel. Uno de mis compañeros me explica el misterio de este perfume que se ha enseñoreado del edificio. Algunas maderas del «Moana» son de puro sándalo, cortadas en bosques de la isla que Kamehamea no llegó á explotar, y su perfume algo más sincero y auténtico que el sándalo preparado por el arte de los perfumistas.

El jardín es un rectángulo comprendido entre el cuerpo principal del edificio, sus dos alas y el mar. En los lados hay filas de plantas con flores, pero todo el resto del jardín lo ocupa un solo árbol, un koa, que cubre con su cúpula muchas docenas de mesas.

Nunca he visto en un lugar frecuentado y «civilizado» un árbol tan enorme. Su tronco es en realidad una agrupación de troncos, como los haces de columnas apretadas que forman las pilastras de las catedrales góticas; su ramaje toca las ventanas del hotel, que están muy lejos, y se esparce hasta la orilla del mar.

Cierra la noche, y el árbol extraordinario adquiere por industria humana un aspecto irreal. Hay ocultas en su complicada frondosidad centenares de lamparillas eléctricas de diversos colores, y todo él brilla como si colgasen de sus ramas frutos quiméricos de un jardín de ensueño.

En el interior del hotel suenan orquestas y cantos. Ha empezado el gran banquete que la ciudad de Honolulu da á los viajeros del Franconia y tendrá por final un baile de gala. Llegan militares y funcionarios vistiendo uniformes de ceremonia. Las damas del país se presentan descocadas y con pañolones de Manila para abrigarse al bajar al jardín.

Permanezco bajo el koa, prefiriendo estar solo. Contemplo el mar con sus olas fosforescentes que surgen del negro horizonte, se agrandan al avanzar y vienen á deshacerse en la arena húmeda de la playa, sobre el reflejo cabrilleante de las ventanas del hotel y las bombillas eléctricas del ramaje. Me gusta ser el único que disfruta la frescura luminosa de este coloso vegetal, viendo en torno de mí tantas mesas y sillas vacías.

De pronto se sienta á mis pies un niño casi desnudo, cuyos miembros, algo flacos, tienen un color rojizo de canela. Me saluda con una sonrisa que hace brillar los diamantes negros de sus pupilas y todo el marfil de sus dientes. Luego señala su sombrero, el cual contrasta, por su amplitud y adornos, con la mediocridad de su vestidura, un simple harapo que le sirve de taparrabos. Adivino su proposición formulada en hawaiano. Por medio dólar me fabricará inmediatamente un sombrero igual al suyo.