Este sombrero es una obra de arte digna de respeto, hecho con palma verde, formando sus mallas una sucesión de conchas desde el vértice al borde de las alas, y llevando en el lugar de la cinta una corona de puntas cimbreantes. Acepto la proposición, y el canaquito vuelve á sentarse á mis pies con una rama verde de palmera que empieza á manipular, cantando entre dientes una especie de romanza. No intercala nada en su obra. La misma palma con sus retorcimientos sirve para todo. Ella da la copa del sombrero, las alas, y sus puntiagudos remates acaban por formar la corona de penachos que lo circunda.
Sigo maravillado el trabajo de estas manos infantiles y hábiles. Bajo un árbol cargado de luz eléctrica y ante unas ventanas que dejan escapar rumores de banquete y música de baile, renuevan el arte adquirido en medio de las selvas, durante siglos y siglos, por los remotos y salvajes abuelos. A los diez minutos el pequeño artista me ofrece sonriendo su obra con una mano y extiende la otra para tomar el medio dólar.
El sombrero del «Moana» me ha seguido en toda mi vuelta al mundo, y me recordará siempre la noche pasada en uno de los hoteles más famosos de la tierra, bajo un árbol grande como un palacio, frente á un mar de olas brillantes cual si fuesen de fósforo, y aspirando el perfume de ensueño que exhalaba dicho edificio por los poros de sus maderas.
Al día siguiente asisto al almuerzo con que me obsequia la Asociación de la Prensa. Aunque estoy acostumbrado á la preponderancia femenina en los Estados Unidos y todos los países influenciados por su liberal educación, me asombra ver cómo en torno á las diversas mesas son mucho más numerosas las mujeres que los hombres.
En las islas de Hawai la aristocracia es actualmente universitaria. Quiero decir con esto que la verdadera distinción para la mujer consiste en el estudio de una carrera, y más aún en el ejercicio de la enseñanza. La Universidad de Honolulu tiene tantas estudiantas como estudiantes, y los mejores edificios de la ciudad, rodeados de jardines, son las escuelas públicas. Los diarios del país cuentan los triunfos universitarios de las mujeres ó la tenacidad con que ejercitan el profesorado en la misma sección que los diarios de otros países dedican á descripciones de trajes y relatos de fiestas mundanas.
Todas estas señoritas de Honolulu, lo mismo las hijas de blancos que las mestizas de canacos, procuran mantener las tradicionales costumbres del país en lo que tienen de artísticas ó pintorescas. Un cantante de pura raza hawaiana, admirado como el mejor tenor de las islas, se levanta repetidas veces en el curso del banquete para entonar junto al piano las romanzas más populares con una expresión apasionada que hace comprender el sentido de los versos polinésicos. Un mallorquín, antiguo bajo del Teatro Real de Madrid, don Joaquín Vanrell, que dirige una escuela de música en Honolulu y es el único español residente en la ciudad, canta con una maestría de viejo artista algunas arias españolas de los tiempos del romanticismo.
Al sentarnos á la mesa, todos hemos encontrado sobre la servilleta un collar de flores. Hay que seguir los ritos del paganismo hawaiano, el cual sólo comprendía los placeres de la mesa, del canto y del amor con acompañamiento de flores.
Mi collar, presente de la Asociación de la Prensa, es enorme. Casi llega á mis rodillas, y está formado con pétalos blancos de una especie de clavel de las islas, cuyo perfume resulta aún más intenso y embriagador que el sándalo. Esta flor, cuyo nombre no recuerdo, abunda poco, lo que la hace muy buscada y carísima. Al salir á la calle, después del banquete, conservando mi collar, lo mismo que todos los invitados, algunas mujeres vuelven sus cabezas sonriendo y admiran la boa florida que llevo sobre el pecho, como algo extraordinario que sólo pueden ver de tarde en tarde. Unas canacas jóvenes, de gracioso atrevimiento, ponen su rostro sobre mi pecho, aspiran el perfume y me dicen sonriendo palabras incomprensibles que deben ser agradables.
Durante el banquete está sentada á mi derecha la esposa del gobernador del archipiélago de Hawai, una dama norteamericana de gran cultura literaria. Su hija y varias amigas de ella permanecen entre las numerosas jóvenes que ocupan por completo varias mesas.
Una escritora de Australia asiste al banquete. El Pacífico, á pesar de su inmensidad, proporciona con frecuencia estos encuentros. Los de Australia ó los de Hawai, si desean hacer un viaje para distraerse, se van á la acera de enfrente, á la tierra más inmediata, cinco mil millas de distancia, varias semanas de navegación, atravesando una mitad del hemisferio en que viven.