Cuando llega la hora de los brindis, con un vaso de agua, pues esta tierra es de los Estados Unidos é impera en ella el «régimen seco», muchos de los asistentes pronuncian discursos ó breves salutaciones. Las jóvenes son las que hablan más, obligadas por las peticiones del público, y yo pronuncio finalmente una arenga en español, que sólo entienden el profesor de literatura de la Universidad y algunas señoritas que pasaron por su aula. Pero el antiguo bajo del Teatro Real llora escuchándome. Se creía perdido como Robinsón en este archipiélago, donde lleva muchos años sin hablar mas que inglés, é inesperadamente se ve asistiendo á una fiesta en honor de un español y escuchando un discurso en la lengua de su patria.
A la salida, la esposa del gobernador me invita á tomar el té, horas después, en su casa. Ésta resulta interesante por haber sido el palacio en que vivió destronada la reina Lilinu-Kalami.
El día anterior he visto la estatua de bronce, verdoso y dorado, representando á Kamehamea I, frente al antiguo palacio de los emperadores de Hawai. Me enseñan á un viejo canaco, de cara rugosa y barbillas blancas, que monta la guardia voluntariamente hace más de veinte años ante la estatua de Kamehamea. Llega al romper el día y se sienta frente al monumento de su emperador. A las horas de comer desaparece, y vuelve á ocupar el sitio poco después, no abandonando su silenciosa contemplación hasta que cierra la noche. Los norteamericanos, que aman las actitudes originales, consideran con simpatía á este canaco leal. Los del país, modificados por la vida moderna, le miran con cierto enojo, considerando ridícula para su raza esta fidelidad perruna. El viejo no conoce ciertamente la verdadera historia de Kamehamea; sólo sabe que fué grande y victorioso, que en su tiempo los extranjeros no mandaban en Hawai, y ello basta para que adore todos los días al emperador dorado y verde, esperando que alguna vez se transformará en carne, volviendo al archipiélago como un Mesías.
Yo he visto en realidad el manto y el gorro que llevaba Kamehamea en su monumento. Están en el Museo Bisop, el mismo que guarda el vaciado en yeso del busto del capitán español. Los mantos de los emperadores de Hawai son la gran curiosidad artística de la isla y se habla de ellos en todo buque cuando Honolulu empieza á asomar su blancura sobre el Océano. Estos mantos—lo mismo que la tiara imperial en forma de gorro frigio—están fabricados con plumitas de unos pájaros diminutos. Como estos pájaros eran únicamente de dos colores, rojo y amarillo, la vestidura imperial parece hecha de pedazos de bandera española. Examinados los mantos de cerca, maravilla el cálculo de los millones de pájaros que fué preciso matar para la fabricación de estas vestiduras reales.
El gobernador de Hawai, nombrado por los Estados Unidos, no habita el palacio de los emperadores. Éste lo ocupan solamente las oficinas públicas. El gobernador reside en la llamada Casa de Wáshington, ó sea el palacio donde murió Lilinu-Kalami. Esta mansión, ostentosa para la época en que fué construída—el primer tercio del siglo XIX—, la hizo un norteamericano enriquecido en el país. Cuando la hubo terminado, dándole el nombre de Casa de Wáshington, se preocupó de su amueblamiento y creyó oportuno ir en persona á adquirirlo en el Japón y la China. Como en aquellos tiempos no había buques de vapor ni líneas de navegación, fletó una fragata para hacer el viaje á Asia, y nadie supo más de él ni de sus marineros. Mucho después, Lilinu-Kalami, que aún no era reina, adquirió este palacio para habitarlo.
Admiro los salones por su aireamiento y su amplitud. Algunos de ellos están completamente abiertos por dos de sus lados y en vez de paredes tienen columnas y también gradas que les ponen en perpetua comunicación con el jardín. Sus muebles chinos y japoneses empiezan á adquirir cierto aspecto respetable de antigüedad, que les coloca aparte de los objetos de pacotilla producidos por el Extremo Oriente en nuestros tiempos. Muchos de estos muebles fueron regalos que el Japón y la China enviaron á la reina de Hawai. Todo lo de esta casa, en las habitaciones de recepción y en el comedor, procede de Lilinu-Kalami. Los gobernadores lo han respetado, dejándolo como en el tiempo de la reina.
La esposa del gobernador quiere mostrarme los últimos supervivientes de aquella época. Son los jardineros de Lilinu-Kalami, un matrimonio de viejecitos que sigue en el palacio, tranquilos los dos y bien cuidados, cual si formasen parte de su mobiliario. Entran en el gran salón, conmovidos y llorosos, como siempre que vuelven á esta parte del edificio, creyendo que van á ver de pronto á su antigua señora.
La vieja va vestida de blanco con gran pulcritud; escotada, los brazos desnudos, la falda muy amplia, siguiendo tal vez las modas juveniles de su reina. El viejo es un caballero canaco con smoking blanco y corbata negra. A pesar de sus años conserva un gran dominio sobre sus emociones, y únicamente brilla en sus ojos una acuosidad contenida. Su mujer, más vehemente, llora, al mismo tiempo que le tiemblan las manos.
Hace la gobernadora mi presentación.
—Este señor ama mucho á vuestra reina y va á escribir sobre ella.