—¡Oh, la reina!—gimotea la vieja.

Me besa una mano y mira después con ojos devotos un gran retrato al óleo de Lilinu-Kalami que está en el fondo del salón y la representa en sus buenos tiempos de reina viuda, cuando las hulas bailaban en el inmediato jardín y ella pedía consejos á sus favoritos.

Es una dama de frescas redondeces y sonrisa bonachona, vestida con un traje elegante de recepción. Tiene el escote abultado y partido por el arranque de dos hemisferios firmes; los brazos redondos, y una doble raya horizontal en el carnoso cuello: la majestad regia de hace tres cuartos de siglo representada por Victoria de Inglaterra, Isabel II de España y otras soberanas de aquella época.

Se conmueve la viejecita de tal modo viendo á su antigua señora, que el marido tiene que abrazarla protectoramente y se la lleva hacia el jardín. Media hora después vuelven los dos ancianos con un regalo para mí: un collar que acaban de hacerme con la flor amada por Lilinu-Kalami. Esta flor, puramente hawaiana, es una violeta de pétalos recogidos, dura como un fruto.

El collar embriagador de claveles que llevo sobre el pecho morirá, pero este de Lilinu-Kalami es eterno. Sus flores al secarse se endurecen, y podré guardarlo siempre como un rosario oloroso.

Con el pecho adornado por la doble sarta de flores continúo mi visita á la esposa del que es actualmente soberano del archipiélago por soberanía delegada.

La hija del gobernador y una amiga suya se interesan mucho por el pasado de esta tierra en que nacieron. Ambas proceden de norteamericanos; la hija del gobernador es morena y esbelta como una californiana; su amiga, una nieta de Mr. Hyde Rice, notable escritor que ha recogido todas las tradiciones del país y vive siempre en la isla de Hawai, es rubia y con ojos azules. Pero las dos nacieron en el archipiélago y tienen en su belleza blanca algo de exótico que las hace más interesantes.

Al despedirme, la joven que ha venido de Hawai á pasar unos días con su amiga y conoce á fondo la historia del país, por sus lecturas y por las lecciones de su abuelo, me dice á guisa de adiós:

—Celebro haber hablado, por primera vez en mi vida, con un español. Siempre me interesó España, tan lejos de nosotros y tan unida á nuestros orígenes. Hawai es más antigua en la historia de lo que suponen muchos. Tiene dos siglos más de existencia, porque todos sabemos aquí que los navegantes españoles fueron los primeros blancos que pisaron sus costas, los primeros enviados de la civilización europea.

XIII
LA SEMANA SIN LUNES