Los profesores de la «American Express» dan conferencias con proyecciones cinematográficas sobre el Japón y la Corea, los dos primeros países que vamos á visitar. Muchos de nosotros creemos haber vuelto, en una regresión juvenil, á nuestros tiempos de estudiante. Vamos á clase todas las mañanas. Dos maestros de lenguas orientales dan lecciones de japonés y de chino, y aprendemos unas docenas de palabras en ambos idiomas que nos permitirán pedir modestamente las cosas más elementales para nuestra existencia.

Muchos días hay Forum, una especie de mitin presidido por el director del viaje, en el que todos pueden pedir la palabra para exponer sus dudas ó solicitar aclaraciones. Una señora pregunta si hay que llevar mucho abrigo en el Japón; otra desea saber los precios corrientes de los objetos artísticos y qué almacenes de Tokío son los que roban menos al viajero; una, más allá, pide consejos higiénicos para precaverse de las enfermedades del país... Y así continúan, con la curiosidad del pueblo americano por saberlo todo, formulando preguntas y preguntas. Unas veces contesta el presidente; otras, los mismos pasajeros que, por sus estudios ó por viajes anteriores, pueden ilustrar á sus vecinos.

Todas las mañanas, á primera hora, este pueblo marítimo desfila por un salón en cuyas paredes están fijos los avisos de las fiestas del día y reuniones instructivas, así como noticias importantes de lo ocurrido en la tierra durante las últimas veinticuatro horas, transmitidas por la telegrafía sin hilos.

Las gentes se agrupan con arreglo á sus aficiones deportivas ó sus ideas religiosas y filantrópicas. Hay anuncios solicitando una cuarta persona para jugar al bridge. Muchas tardes se celebran torneos de dicho juego, que apasionan extraordinariamente á las señoras.

Otro juego, de moda reciente, rivaliza con el bridge. Es de origen chino; unos le llaman Mah Jong y otros Pung Chow. Las pasajeras van de un lado á otro con la caja de sándalo contenedora de sus piezas de marfil. Estas fichas tienen nombres extraordinariamente poéticos; pero, según parece, el tal jueguecito chino es más temible que la ruleta para devorar el dinero.

Dos veces por semana hay carreras de caballos en la última cubierta, con todas las ceremonias y preliminares de este deporte nacional en los países de lengua inglesa. El establecimiento tipográfico del buque imprime una lista con los nombres y particularidades de los caballos, algunos de los cuales llevan de vez en cuando mis apellidos. En las cubiertas de paseo se venden billetes para los que deseen apostar.

Los caballos son juguetes de madera, corceles del tamaño de un conejo de Indias, con aun jockeys de distintos colores. El suelo de la cubierta tiene un séxtuple semicírculo, dividido en casillas numeradas, todo ello hecho con tiza. Los seis jinetes esperan en fila la señal de partir. La campana llama al público indicando que va á empezar la carrera, lo mismo que en los hipódromos. Una señorita, escogida por su belleza ó su elegancia, es la encargada de arrojar por el suelo un dado enorme; y con arreglo al número que permanece visible, el caballo agraciado va avanzando tantas casillas como marca la cifra.

Este público sencillo y entusiasta se enardece como si estuviese presenciando una carrera en Londres ó en Nueva York. Además, casi todos han apostado dinero, lo mismo hombres que mujeres. Los dólares salen de los bolsillos en forma de pelotas de papel arrugado. Cada uno grita para celebrar los avances de su favorito. Desde las cubiertas inferiores es fácil imaginarse que se vive en tierra, oyendo á lo lejos los rugidos de un hipódromo.

Un grupo de pasajeros francmasones fija un anuncio en el salón llamando á los compañeros de viaje que sean «hermanos», para constituir con ellos una logia en el Franconia mientras dure el viaje. El primer acto de la nueva logia, dos días después, es una suscripción general pidiéndonos dinero á todos para los hombres que trabajan en lo más hondo del buque alimentando las máquinas.

Algunos viajeros son pastores de las diversas confesiones del cristianismo reformado, y al dar la vuelta al mundo, desean visitar las misiones que han establecido sus correligionarios en China y el Japón. Otro, procedente de Minnesota—uno de los Estados más interiores y tranquilos de los Estados Unidos—, es un sacerdote católico muy joven, grande de estatura, fuerte, con serena franqueza en su mirada y sus ademanes. Tiene el aspecto de un boxeador simpático. Su cabellera espesa y dura, cortada á estilo norteamericano, se alza sobre su cráneo como una cresta ó una tiara. Nunca ha salido de su país, y desea ver el mundo, como los demás; pero lo que á él le interesa especialmente es conocer Jerusalén y Roma. En vez de buscar dichas ciudades por la parte de Oriente, siguiendo el camino más corto, va simplemente á ellas dando vuelta á la tierra entera.