Es un creyente fervoroso y sincero, pero sin intransigencias; un representante del catolicismo á estilo de los Estados Unidos, que es allá la religión más democrática y algunas veces la más demagógica, por figurar en ella muchos emigrantes pobres, á los que amarga su fracaso en un país de ricos.

Como dice la misa todas las mañanas á las siete, en uno de los salones de baile, algunas señoras de gustos aristocráticos que son católicas le piden que la retrase á las ocho ó las nueve, pues les resulta penoso levantarse tan pronto. Pero el joven sacerdote, con su aire de boxeador casto, poco sensible á los remilgos femeninos, contesta que él celebra su misa para los irlandeses, camareros y marineros del buque, y éstos sólo pueden oirla á las siete, antes de empezar su servicio.

—Levántense temprano—termina diciendo—. Ustedes nada tienen que hacer, y yo por complacerlas no voy á dejar sin misa á los que trabajan.

Hay en el Franconia otro representante del espíritu religioso más original y extraordinario. Es un joven de veintiocho años, cuya estatura casi alcanza á dos metros. Su cabeza es interesante, con ojos rasgados, algo femeninos, y luengas y rizadas melenas. El cuerpo está deformado por una obesidad impropia de su juventud. Tiene gran vientre y caderas amplísimas; pero á pesar de su desbordamiento adiposo se entrega con frecuencia á deportes violentos que agitan su cabellera rizada y una gran cruz pendiente sobre su pecho.

Este joven es nada menos que el fundador de una religión, y embarcó en San Francisco por tener su sede en Los Ángeles, hermosa ciudad de ricos y desocupados, prontos á aceptar todo lo nuevo que les parezca interesante.

En este buque, poblado de personas que se acostumbraron desde la escuela á respetar todas las creencias, nadie se extraña ni hace objeto de burla el viajar con el fundador de una nueva religión. Raro es el año en que dejan de surgir varias en los Estados Unidos, y aunque las más desaparecen con igual facilidad, algunas sobreviven y adquieren una fuerza considerable. El pueblo norteamericano se preocupa como ningún otro del problema religioso, tal vez á causa de su curiosidad nativa que le hace pensar frecuentemente en el misterio de la muerte y en lo que puede encontrarse después de ella.

Al norteamericano no le extraña ninguna doctrina religiosa, y es incapaz de burlarse de ella por extravagante que parezca á los demás. Lo único que no puede concebir es que se viva sin una religión, sea la que sea; lo que no llegará á imitar nunca es la tolerante y sonriente incredulidad que tanto abunda en Europa.

Cuando yo comento la exagerada juventud de dicho profeta, varias damas me contestan que todos los fundadores de religiones empezaron á propagar sus doctrinas antes de los treinta años.

Este Mesías de Los Ángeles ha sido seminarista católico, pero abandonó su carrera para intentar la estupenda obra de unir todas las religiones en una sola, entresacando lo mejor de cada dogma: algo semejante al «esperanto» en la lingüística. El fondo de su doctrina es el cristianismo, pero añadiendo la reencarnación del alma, proclamada por muchas religiones del Extremo Oriente. Admira á Buda, y hace este viaje para ver de cerca el culto búdico, en el Japón y la China, hablando con sus principales representantes.

Una mañana da una conferencia en el gran salón sobre Buda y su doctrina, y asisten á ella, en lugar preferente, los pastores protestantes y el sacerdote católico. Es un espectáculo característico de la vida norteamericana que los «latinos», violentos é intolerantes, no podemos concebir, y extraña á nuestros ojos cuando lo presenciamos.