A la salida de la conferencia pretendo que el sacerdote católico abandone su cortés tolerancia é inicio para conseguirlo algunas críticas sobre lo que ha dicho el conferencista. Pero no me sigue, y, muy al contrario, contesta con una tranquilidad de hombre respetuoso para las creencias ajenas:
—Si piensa sinceramente lo que dice, allá él, aunque yo le considere en el error. Lo importante es que crea en Dios y en las leyes eternas de la moral.
Los pastores protestantes, aunque no saludan al inventor religioso, le miran sin animosidad cuando pasa ante ellos llevando sobre su pecho la insignia de su alta jerarquía: una cruz de oro con una estrella superpuesta de plata y piedras preciosas, joya ritual de gran valor ideada por él y que deben haberle regalado sus devotas de Los Ángeles.
Un poco antes de la mitad de nuestra navegación, estando entre Hawai y el archipiélago japonés, nos ocurre algo extraordinario que sólo pueden conocer los que hayan dado la vuelta al mundo. Todos los pasajeros y tripulantes del Franconia perdemos un día de nuestra vida; mejor dicho, dejamos de vivir veinticuatro horas de nuestra existencia, que caen al mar sin ser utilizadas.
Esto merece una explicación. El lector tal vez recuerde una novela de Julio Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, que hizo las delicias de nuestra infancia. El protagonista Phileas Fox, al volver á su casa de Londres, cree perdida su apuesta por haber pasado ochenta y un días en su viaje alrededor del mundo, cuando el plazo convenido era de ochenta. Mas al mirar su almanaque de pared ve que no es jueves, como él creía, sino miércoles.
El héroe de esta novela lleva ganado un día sobre los demás hombres porque ha hecho el viaje de Occidente á Oriente, al revés que nosotros. Los pasajeros del Franconia vamos de Oriente á Occidente, ó sea siguiendo el aparente curso del sol. Pero como éste viaja más aprisa que nosotros, cada día perdemos una hora.
Ya llevamos perdidas, con arreglo al meridiano inglés de Greenwich, que es el que rige la vida del mar, unas doce horas desde que emprendimos nuestro viaje, y de continuar así, al haber dado la vuelta entera á la tierra, nos ocurriría lo que á Sebastián del Cano y sus compañeros en la primera circunnavegación del planeta. Cuando hambrientos y con la nave destrozada tocaron estos héroes en las islas de Cabo Verde, vieron con asombro que los habitantes del país vivían en un jueves, cuando ellos, según el diario de á bordo, estaban todavía en un miércoles.
En igual confusión nos veríamos nosotros, si las leyes modernas que regulan la vida marítima no hubiesen establecido una costumbre para corregir tal desarreglo. Cuando en las cercanías de Hawai se llega al meridiano 180, antípoda del meridiano de Greenwich, si el buque va hacia Asia los tripulantes suprimen un día, y si viene hacia América, ó sea en dirección contraria, viven un mismo día dos veces.
Por eso yo tengo en mi existencia un día que no he vivido, una semana que careció de lunes. El 17 de Diciembre de 1923 fué una realidad para todos los habitantes del planeta, menos para los que íbamos en el Franconia. Saltamos del domingo 16 al martes 18, arrancando de una sola vez dos hojas del almanaque.
En verdad pasamos el meridiano 180 el día 16, pero dicha fecha era domingo, y está admitida una pequeña superchería geográfica en los buques, para que no se perjudique la religiosidad dominical. El domingo es el único día de la semana exento de supresión, evitando de tal modo que los navegantes se vean privados de servicio religioso.