Al principio no se pensó en esto, y según cuentan las gentes de mar, tal omisión dió motivo á incidentes graciosos. A veces iba en el buque algún reverendo misionero que preparaba cuidadosamente un sermón para el próximo domingo, con el noble propósito de convertir á muchos pecadores y pecadoras, compañeros suyos de viaje. Y al levantarse en la mañana de dicha fecha, se enteraba con asombro de que no había domingo, por haber saltado todos, tripulantes y pasajeros, de un sábado á un lunes, y tenía que guardarse su sermón.
Según nos aproximamos á las costas japonesas va enfriándose la temperatura y se agranda en mi interior una inquietud que viene acompañándome desde Europa.
Hace cuatro meses, á fines de Agosto, estando en mi casa de Mentón, recibí una carta suscrita por dos profesores japoneses que han traducido algunas de mis novelas. Se habían enterado de mi próximo viaje y me anunciaban, con su fina cortesía nipona, un cariñoso recibimiento y varias fiestas en mi honor, cuando llegase á su país.
Seis días después, el 1.° de Septiembre, circuló por el mundo la noticia del gran temblor de tierra que ha destruído completamente á Yokohama y quebrantado á Tokío y otras ciudades japonesas. Nunca en los siglos conocidos de la historia humana ocurrió una catástrofe tan enorme y que causase tantas víctimas.
Marcho hacia el Japón sin haber recibido noticia alguna de allá, después del cataclismo. Por la noche miro ansiosamente hacia el punto del horizonte donde creo que están ocultas las islas japonesas.
¿Vivirán aún Hirosada Nagata, Shiduo Kasai y otros traductores míos?... ¿Encontraré á mis amigos japoneses en el muelle destruído de Yokohama, ó saldrá á recibirme la noticia de su muerte?...
XIV
LOS RESTOS DEL CATACLISMO
Después de diez días de soledad oceánica.—Aparición matinal del Fuji.—Los marinos de la bahía de Tokío.—Carabelas con motor.—La antinomia japonesa.—Enorme destrucción de Yokohama.—La ciudad como fué y como la vemos.—Llegada de mis amigos.—La «koruma» y el caballo humano.—El engaño de la noche en Yokohama.—Vamos en busca del verdadero Japón.
Al cerrar la noche, un buque pasa por la línea del horizonte, y esto es para nuestros ojos un suceso extraordinario. Llevamos diez días de navegación, sin que nada altere la monotonía del mar. Este paquebote, de una Compañía que hace el servicio entre el Japón y Canadá, representa para nosotros una certidumbre de que la humanidad no ha dejado de existir. Es la vida de nuestra especie, la historia humana, que vienen otra vez á tomarnos.
Todos sentimos un deseo vehemente de pisar tierra. Muchos no pueden ocultar su alegría al darse cuenta de que sólo nos separan del Japón unas cuantas horas nocturnas y al amanecer veremos la línea dentellada de sus costas, en vez de la horizontalidad azul del Pacífico. Los más se levantan con las primeras luces del día y suben á las cubiertas, arrebujados en abrigos de invierno que tuvieron que buscar apresuradamente. El cambio de temperatura ha sido casi instantáneo. El frío parece influir en el aspecto del mar. Se entenebrece el espacio con una bruma que es en realidad polvo acuático arrancado á las olas por el viento. Al salir el sol se forma delante del buque un gran arco iris, que por sus colores recuerda la pintura de los artistas japoneses.