Huyen de tierra las olas para perderse en las soledades del Pacífico. Vienen al encuentro de nuestro buque y se alejan hacia la inmensidad oceánica. Todas ellas, al recibir de frente los rayos casi horizontales de un sol todavía bajo, brillan como si fuesen de oro en su parte cóncava, mientras la convexidad de su lomo es de un verde obscuro y tempestuoso.

Un grito de curiosidad y admiración circula de pronto por las cubiertas, saludando un descubrimiento. Acaban de rasgarse y disolverse los vapores del horizonte, el cielo queda limpio, y á enorme altura vemos una especie de nube sonrosada y triangular que refleja la luz del sol. Todos la reconocemos. Es el célebre Fuji-Yama (Monte Fuji), el volcán desmochado y con eterna esclavina de nieve que aparece en tantas estampas y tantos biombos y abanicos japoneses, como resumen de las bellezas de la tierra nipona.

No conozco montaña que dé una sensación de abrumadora enormidad como este volcán, situado en el país de la pequeñez graciosa, de las casitas que parecen juguetes, de los paisajes creados para muñecas. Muchas cimas famosas de los Andes y del Himalaya no despiertan la misma admiración, por estar rodeadas de una escalinata descendente de montañas secundarias que disimulan su altitud. El Fuji no tiene á su alrededor nada que le encubra. Corta el horizonte con los perfiles completos de sus laderas, desde la base hasta el cono truncado de su cumbre, en otro tiempo puntiaguda y ahora horizontal, por haber volado parte de su cráter una remotísima erupción. Las montañas que le rodean y las costas inmediatas nos parecen muy bajas. El gigante vive en un aislamiento orgulloso, acaparando la mayor parte del horizonte, envuelto en su manteleta de nieves, que se acorta ó crece según las estaciones del año, prolongándose en onduladas franjas.

Entramos en la dilatada bahía de Tokío donde está Yokohama. Este mar interior tiene en lo más profundo de su curva la capital del Japón; pero como las aguas cerca de Tokío carecen de la profundidad necesaria para los buques modernos, los japoneses establecieron, diez y ocho millas más al Oeste, en una pobre aldea de pescadores llamada Yokohama, un puerto que fué poco después uno de los núcleos del comercio del mundo, al abrirse el país á la vida internacional.

Esta bahía tiene á un lado Tokío, en el centro Yokohama, y al Oeste, fuera de su boca, la derruída ciudad de Kamakura. Hace siglos figuró como capital del Imperio. Ahora, Kamakura sólo interesa por sus viejos templos, perdidos entre la vegetación de bosques y jardines. Éstos cubren á su vez un suelo que fué el de antiguas plazas y avenidas. Detrás de Kamakura se alza la mole del monte Fuji á más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, tocado con su caperuza de escamas de nieve, que los poetas del país comparan á los pétalos de la flor del loto.

Vemos unos islotes pequeños, casi á flor de agua, semejantes al caparazón redondo de las tortugas. Todos ellos están fortificados con baterías de cúpula. Nuestro paquebote navega lentamente entre enjambres de barcos menores. Sale á nuestro encuentro, por primera vez, la pintoresca antinomia, la contradicción original y violenta que nos acompañará siempre en este país. Es la mezcla del pasado y el presente, de una tradición orgullosa que no quiere morir, considerándose superior á todo lo extranjero, y de un afán habilidoso por apropiarse é imitar lo que ha producido y puede producir en lo futuro ese mismo extranjero tan despreciado.

Las más de las embarcaciones son buques veleros de forma arcaica, con la popa alta y la proa baja, lo mismo que las antiguas carabelas. Algunas hasta conservan el velamen de piezas superpuestas y plegables, como las persianas ó los abanicos, igual que se ve en las estampas japonesas. Sus tripulantes van vestidos con un kimono obscuro y llevan el pelo recogido sobre el cogote, á estilo mujeril. Otros usan sombrero en forma de sombrilla, chaqueta corta de mangas perdidas, y llevan las piernas desnudas, con un simple pañizuelo entre ellas que los sirve de calzoncillo. Pero toda esta marina de otros siglos ha colocado en sus barcas de pesca ó de cabotaje motores de petróleo, que suplen las ausencias del viento. En algunos vaporcitos blancos, de reciente construcción, el capitán, erguido en el puente y con el kimono batido por el viento, parece escapado de una lámina de las antiguas historias de piratas.

Pasamos junto al arsenal de Yokohama. Eclipsando en parte las techumbres de los astilleros, ocho grandes acorazados lanzan el humo de sus chimeneas, y otra vez sentimos extrañeza al pensar que estas formidables máquinas de guerra, copiadas de los países occidentales y que consiguieron muchas veces la victoria, pertenecen á estos hombres que al verse solos en sus casas ó en sus buques se visten como se vestían sus ascendientes hace siglos, imitando todos los gestos de su vida remota.

El cielo es azul y ha quedado limpio de nubes, brilla el sol, pero según nos aproximamos á la costa aumenta la frialdad de un viento que parece su respiración. Estamos á fines de Diciembre y nos hemos alejado de nuestro océano tropical. Además, el frío es siempre más intenso en la tierra que en el mar.

Flotan sobre las aguas verdes y amarillentas de la bahía anchas fajas blancas, que parecen espumas de ola cristalizadas y fijas. Son grupos de gaviotas encarnizándose en bancos invisibles de peces. La gran cantidad de barcas pescadoras que pasan junto á nosotros, izando sus velas de persiana ó de lienzo blanco á rayas negras, revelan la fauna abundante de este mar interior.