Grupos de vapores anclados forman islas de mástiles y chimeneas. Nos deslizamos por las tortuosas avenidas que deja libres este amontonamiento de buques inmóviles. Entre los barrios flotantes van y vienen otros barcos más pequeños, que se pegan á sus costados para recibir sus cargamentos ó suministrarles agua y carbón.
Al dejar atrás esta ciudad flotante que cabecea sobre sus áncoras descubrimos Yokohama de un extremo á otro, sin que nada nos impida apreciar de golpe el aspecto de su desolación inmensa.
Yo he visto Reims después de varios meses de bombardeo; he visitado durante la última guerra poblaciones destruídas sistemáticamente por la invasión alemana; pero el horror de esta ciudad enorme sacudida en sus cimientos por los temblores del suelo y consumida luego por las llamas es mucho más impresionante y doloroso. El hombre, á pesar de sus maldades científicas, no puede realizar en años la labor destructiva que una naturaleza inconsciente obra en el transcurso de unos minutos.
Vemos filas interminables de almacenes y fábricas que sostuvieron hace cuatro meses una techumbre y ahora no son mas que tapias de corral derruídas. No hay nada que corte el horizonte verticalmente, ni una torre, ni una casa de dos pisos. Todo está por el suelo. Ninguna obra se atreve á ir más allá de la estatura humana. Algunos muros chamuscados por el incendio, que parecen simples cercas, los van señalando los viajeros que conocieron Yokohama antes del terremoto. Allí estaban los grandes Bancos, los almacenes de múltiples pisos á imitación de los de Nuera York, varios hoteles iguales por sus comodidades á los «Palaces» más famosos.
Yokohama tenía su Gran Hotel, construcción altísima que era un motivo de orgullo para la ciudad. Los que presenciaron el cataclismo se valen siempre de la misma imagen para describir su destrucción. Desapareció como los helados en forma de pirámide que se sirven á los postres de una comida y son cortados en rodajas por el cuchillo de los comensales. Al sacudirlo el estremecimiento telúrico, un cuchillo invisible lo fué partiendo en pedazos, y éstos cayeron uno sobre otro, llevando cada cual en las celdillas de su interior una agitación de pobres insectos humanos aullando de miedo ó enmudecidos por el espanto.
Los que conocieron el Yokohama de hace cuatro meses recuerdan los esplendores de sus grandes calles, embellecidas por el comercio. Aquí estaban las mejores tiendas del Japón, joyerías, depósitos de perlas, de sedas, de alhajas. Además, por ser puerto terminal de las grandes líneas de navegación, algunos de sus barrios tenían la alegría ruidosa y pintoresca que gozaron siempre los lugares marítimos famosos, desde la más remota antigüedad. Había calles enteras de teatros, de cinematógrafos, de casas de té, abundantes en bailarinas y cantoras, y de otros establecimientos con mujeres pintadas vistiendo kimonos floridos y esperando en la puerta el momento de la servidumbre sexual, con la tranquilidad propia de un país que, hasta hace pocos años, consideró la prostitución industria útil, sin deshonra para las familias de las hembras que la ejerciesen.
Europeos y americanos establecidos en Yokohama habían cubierto sus alrededores de graciosas casitas con jardín. Sobre las colinas había numerosos templos budistas y sintoístas, venerables y tranquilos como los de Kamakura. El pueblo japonés, gustoso de vivir entre flores, improvisaba minúsculos jardines en todos los rincones de tierra encontrados á su alcance, por pequeños que fuesen. Muchachas del país, musmés frágiles como muñecas, con peinado enorme y un lazo en forma de almohadilla á continuación de la espalda, sonreían al transeunte, cantando con suave voz de gatita á las puertas de sus casas de juguete, mientras tañían una diminuta guitarra de largo mástil... Y todas las prosperidades y riquezas de un comercio enorme, todas las flores, sonrisas y cánticos de una vida dulce, quedaron suprimidos en menos de media hora.
Ardió casi instantáneamente la ciudad por el centro, por todos sus extremos. Un ciclón trasladó las llamas á enormes distancias sobre esta aglomeración de barrios formados con edificios de madera y papel. Las grandes construcciones de cemento y metal, partidas por el temblor, cayeron igualmente en el brasero. Se inflamaron en inmensa llamarada los gigantescos depósitos de gas y de petróleo. Algunos buques brillaron en pleno día como antorchas movibles, huyendo á toda máquina de su contacto mortal los otros que habían conseguido librarse de las llamas. Cegadas por el fuego, ennegrecidas por el humo, se arrojaron á miles las gentes en el mar, pidiendo socorro á las lanchas repletas y hundidas casi hasta sus bordas, que iban de un lado á otro, no pudiendo recoger tantos fugitivos.
Los que vieron Yokohama en otro tiempo y contemplan ahora sus ruinas desde el buque, dicen todos lo mismo:
—Ha sido más horrible que lo imaginábamos...