El gobierno japonés, procediendo de un modo opuesto á los gobiernos occidentales, tuvo empeño en ocultar desde el primer momento la magnitud de la catástrofe. Ha preferido remediar por sí mismo su desgracia, antes que inspirar á los otros pueblos una compasión molesta para su orgullo.

Varias lanchas de vapor se pegan á nuestro buque y un grupo numeroso de japoneses me busca por las diversas cubiertas. Los más de ellos son periodistas, preguntones y ágiles, venidos de Tokío, y que se valen de la máquina fotográfica lo mismo que un reportero norteamericano. Con ellos llegan varios profesores de la Universidad que se dedican á la enseñanza de las lenguas europeas, y entre los cuales figuran mis traductores.

Ninguno de ellos ha muerto. Como la gran catástrofe ocurrió el 1.° de Septiembre, época en que se ven más frecuentadas las playas de moda y las estaciones balnearias de la montaña, las gentes de cierta posición social libraron sus vidas. El pueblo, retenido en las ciudades de la costa por su trabajo, y los comerciantes modestos, sufrieron la mayor mortandad.

Todos mis amigos son japoneses, pero hablan fácilmente el español. Unos lo han estudiado sin salir del país; otros estuvieron en Filipinas ó vivieron largas temporadas en las Repúblicas sudamericanas del Pacífico. Llegan con ellos dos europeos: don José Muñoz, profesor de lengua y literatura españolas en la Universidad de Tokío, y un joven portugués muy inteligente, llamado Pinto, que enseña á los estudiantes japoneses la lengua y la literatura de su país.

Es al bajar á tierra cuando me doy cuenta de la inmensidad de la catástrofe. Los antiguos muelles sólo existen á trechos. El temblor los hizo pedazos. Unos fragmentos rodaron al fondo de las aguas; otros han quedado aislados, y hay que ir pasando con lentitud por varios puentes de madera á lo largo de estos islotes informes de mampostería.

Vemos á través del verde cristal oceánico las moles sumergidas del muelle, y entre sus masas hierros retorcidos, ruedas de automóviles, pedazos de camión y de grúa, materias aplastadas y multicolores, de diversas formas, que se van unificando bajo la capa vegetal creada por las aguas. Los japoneses, con sus ojos impasibles, su eterna sonrisa y su voz dulce que parece dar una sencillez infantil á las palabras más graves, me explican la escena horripilante que se desarrolló en este muelle.

Ocurrió el temblor en el momento que iba á partir un gran paquebote para la América del Sur. Eran numerosos los viajeros importantes, y había acudido mucha gente á despedirlos. El muelle estaba cubierto de automóviles. Muchas personas huyeron sin saber lo que hacían; otras se refugiaron en los buques. Los que se quedaron en los muelles, creyendo estar más seguros, perecieron todos.

Mis amigos me señalan en el fondo del agua objetos informes que oprimen con su peso los bloques rotos del muelle, y asoman por sus costados. Allí están centenares y centenares de cadáveres. La tenacidad con que las bandas de peces, grandes y chicos, acuden á estos restos de la catástrofe revela la existencia de un enorme pudridero humano.

Nadie puede pensar por el momento en poner remedio á tal abandono. El cataclismo ha ido más allá de las fuerzas del hombre. En las calles de Yokohama y de Tokío hubo que amontonar los cadáveres á miles y rociarlos con petróleo para que el fuego los consumiese, sin aguardar á identificaciones. Bien se hallan estos otros en su tumba marítima.

—Además, la tierra sigue temblando con alguna frecuencia—me dice uno de los periodistas—, y ¡quién sabe cuándo llegará la verdadera hora de proceder á la reconstitución de lo destruído!...