Los hombres que trabajan en las calles, aunque son japoneses, tienen un aspecto casi occidental. Llevan gorras y pantalones azules, iguales á los que usan los jornaleros de Europa; hasta emplean para el manejo de sus herramientas guantes de mosquetero, como los trabajadores de Nueva York. Las familias acampadas van vestidas igualmente, con una mezcolanza de prendas del país y europeas. No se ve el Japón por ninguna parte.

Al frente de nuestro grupo va un profesor llamado Kanazawa, que ha sido comisionado por el Ministerio de Negocios Extranjeros para guiarme y acompañarme mientras esté en el Japón. Este señor, que conoce su país como muy pocos, es autor de un Diccionario japonés-español, y ha vivido en Chile, Perú y otros países americanos de lengua española. Muestra una inteligencia muy ágil, y su cortesía resulta extraordinaria aun en este país donde los hombres pueden ser considerados como los más corteses de la tierra.

Adivina sin duda en mis ojos la decepción y el tedio al repetir nuestros paseos por esta tierra de ruinas, cuando ya se ha extinguido el interés que inspiran las primeras impresiones de horror. Comprende que ha llegado el momento de hacerme ver el Japón, y después de procurarse un automóvil—lo que no es fácil en una ciudad cubierta de escombros—, da sus órdenes al conductor:

—Vamos á Kamakura.

XV
LA DULCE ESFINGE DE KAMAKURA

Origen divino del pueblo japonés.—La vanidosa hermosura de la diosa del Sol y las barbaridades de su hermano y esposo.—El Espejo y el Sable.—Una dinastía de 2.600 años.—El feudalismo japonés.—Los daimios y sus fieles samurais.—La corte de Kioto la Santa.—Los «Generalísimos» de Kamakura.—Kio-To y To-Kio.—El Camino de Kamakura.—Ante la imagen del Gran Buda.—La diosa de la Misericordia.—Un gigante divino de bronce sumido en la noche.—Lo que dice la sonrisa de la Esfinge dulce.

El pueblo japonés es de origen divino. De ahí su orgullo inmutable, que data de veinticinco siglos.

Los principios de su mitología resultan obscuros y complicados. Vagan en su limbo muchos dioses de historia y atribuciones inciertas. Los primeros conocidos son Izanagui y su esposa Izanami. Este matrimonio de dioses era tan inocente que ignoraba el amor, y fueron dos pájaros los que se lo enseñaron. Por eso los representa la imaginería japonesa contemplando atentos la lección de la pareja alada.

El resultado de sus amores fué unas veces geográfico y otras carnal. La divina Izanami dió á luz varios dioses; pero también surgieron de sus entrañas las ocho islas grandes del Japón con su cortejo de numerosas islitas.

Al arrojar al mundo el dios del Fuego, murió á consecuencia de este parto ígneo, y su marido quiso recobrarla penetrando en el reino de los muertos, como Orfeo, el divino cantor, fué en busca de su difunta Eurídice. Después de numerosos combates para abrirse paso, el valeroso Izanagui rescató á su esposa; pero al abrazarla lo hizo con tanto entusiasmo, que rompió uno de los dientes de su peineta, y la majestuosa diosa se transformó en un amasijo de carnes putrefactas, cayendo al suelo. Para purificarse de tal contacto el viudo se bañó en un torrente, y de cada una de las piezas de su vestidura, abandonada en la orilla, fué surgiendo un dios. Además, de su ojo izquierdo nació Amatérasu, la diosa del Sol; de su ojo derecho, el dios de la Luna, y de su nariz, Susanoo, el Hércules de la mitología japonesa, más violento aún que éste en sus hazañas guerreras y sus acometividades amorosas.