Del acoplamiento de la hermosa Amatérasu y del agresivo Susanoo descienden los actuales emperadores del Japón. Como estos dioses eran hermanos, resulta extremadamente inmoral para los occidentales el origen divino de los soberanos japoneses; pero bueno es recordar que en los primeros tiempos de la creación, explicados por los libros santos del cristianismo y por los de otras religiones antiguas de Europa, existe igualmente el incesto. Los hijos de Adán, para perpetuar la especie, tuvieron que unirse con sus hermanas, las hijas de Eva. Los dioses escandinavos aparecen igualmente en los poemas, aprovechados musicalmente por Wágner, dando vida á hijos é hijas, que se ayuntan para crear los primeros hombres.
Los amores y las rencillas de la diosa del Sol con su hermano el Hércules japonés ocupan gran parte de la mitología nipona. Susanoo era de carácter tan violento, que al disputar una vez con su hermana arrojó un caballo muerto sobre el telar en que tejía ésta, rompiendo su labor, Amatérasu, ofendida, fué á ocultarse en una gruta, y el mundo de los dioses quedó consternado por esta fuga, que privaba á la tierra de su luz solar. Pero uno de ellos, que sin duda representaba la Astucia y era experto conocedor de la vanidad femenina, llevó á una diosa subalterna de gran belleza frente á la entrada de dicha gruta, tapada con enormes piedras.
Todos los dioses formaron una orquesta con coros, y al son de la música y los cánticos la diosa empezó á danzar. A cada vuelta hacía caer una prenda de su vestido, y el coro de dioses elogiaba con entusiasmo el esplendor de las formas desnudas que iban apareciendo paulatinamente al desprenderse los velos.
Amatérasu, que escuchaba oculta tales alabanzas, se sintió celosa al enterarse de que existía una mujer más hermosa que ella, y fué separando poco á poco las piedras de la entrada para ver si realmente merecía la otra tales homenajes. El astuto dios, que esperaba este momento, agarró las piedras entreabiertas y las echó abajo, tirando de Amatérasu hasta ponerla frente á la deidad desnuda. En el primer instante tuvo que reconocer con cierto dolor la belleza de su rival. Luego le dieron un espejo de mano para que se contemplase, y recobró su tranquilidad al convencerse de que era más hermosa que la otra. Esto la puso de buen humor, y accedió á desistir de su aislamiento, volviendo otra vez á iluminar el mundo.
Susanoo fué expulsado del cielo para que no molestase más á su hermana, y recibió el imperio de los mares, matando en ellos un dragón de ocho cabezas y otras bestias maléficas con un sable encantado. Un nieto de Susanoo y Amatérasu fué el primer Mikado ó emperador del Japón que registra la Historia, llamado Jimmuteno. De él descienden en línea directa los soberanos del pueblo japonés que han venido sucediéndose en el trono durante 2.600 años.
Las dinastías reales de Europa se consideran antiquísimas al poseer una historia de unos cuantos cientos de años, y no son mas que familias de advenedizos comparadas con la lista cronológica del Mikado, que ocupa sin ninguna interrupción veintiséis siglos. Además, todos los monarcas tienen un origen puramente humano. El fundador de una familia real es siempre algún aventurero heroico ó un político astuto y de suerte. Únicamente descienden de dioses los emperadores del Japón. Su primer antepasado tuvo por abuelos á la diosa del Sol y al dios del Valor.
Se comprende la veneración inconmovible, la fe sólida, más allá de todo raciocinio, que el pueblo japonés ha sentido durante miles de años por sus emperadores. Esta adhesión aún persiste en los soldados, en los campesinos, en todas las clases sociales que no han sido influenciadas por la crítica y la duda que aportaron á su país el progreso material y las ciencias de los pueblos occidentales. La devoción del japonés por el Mikado puede compararse, como dice Brieux, á la que habría sentido hasta hace poco cualquier pueblo de Europa cuyos reyes fuesen descendientes directos de Jesucristo.
Los emblemas del emperador japonés son un espejo de mano, un sable y una joya. El espejo de mano es el mismo que los dioses entregaron á Amatérasu para que contemplase su belleza.
Cuando la diosa regaló á su nieto Jimmuteno las islas del Japón, nombrándole para siempre emperador de ellas, le entregó los tres Tesoros Sagrados: el Espejo, el Sable y la Joya, diciéndole que éstos eran los signos de su dignidad soberana y debía transmitirlos á sus descendientes. «Tú y los hijos de tus hijos consideraréis este Espejo como si fuese mi propia persona.»
El Espejo Sagrado y el Sable Sagrado vienen existiendo desde entonces, y cada vez que se proclama un nuevo emperador, la ceremonia más interesante de la entronización es el viaje del monarca á un templo antiguo de Isé, donde están ambos objetos. Ni el mismo emperador logra conocerlos. Queda á solas con ellos, pero no los ve ni los toca. Hace muchos siglos que fueron envueltos en telas de seda, y cada vez que éstas envejecen, los sacerdotes añaden por encima otras nuevas, siendo después de tantas renovaciones unos paquetes informes de tejidos, cuyo contenido hay que imaginarse con ayuda de la fe.