No adoran en realidad los japoneses á sus antiguos dioses por su poder omnipotente, como lo hacen otros pueblos. Los veneran porque fueron los creadores del Japón, y este origen divino del país es un motivo de orgullo para todos ellos. Al deificar de este modo á su patria, se adoran á sí mismos.
Ha acabado el pueblo por ver en el espejo y el sable dos símbolos de la eternidad de la vida, incesantemente renovada. La forma de los dos objetos, uno oval y otro prolongado, ha hecho que se les considere como emblemas, femenino y masculino, de la procreación. Hasta hace poco tiempo, en las romerías al templo de Isé, los vendedores de objetos devotos ofrecían espejitos y sables que imitaban los órganos de la sexualidad. No hay que olvidar que muchas hazañas del hermano de Amatérasu fueron simplemente empresas voluptuosas, dignas de asombro por su repetición, y que su nombre de Susanoo significa el «Macho Impetuoso».
En los 2.600 años de la historia del Mikado no hay un solo destronamiento. La autoridad de los emperadores disminuye ó aumenta según las revueltas intestinas y las coaliciones de sus feudatarios, pero siempre la persona del Mikado es respetada como algo sacro, aunque se la deje en transitorio olvido. La capital más antigua del país fué Osaka, ciudad que figura ahora como el centro más rico y laborioso de la industria japonesa. Pero el Mikado, al vivir en ella, estaba bajo la influencia de los daimios, señores feudales, dueños de las ricas tierras de arroz, que vivían encerrados en sus castillos con tropas de fieles samurais.
Esta Edad Media feudal ha durado casi hasta nuestros días, pues fué en 1870 cuando el penúltimo emperador, al reformar enteramente el país, acabó con ella.
Los samurais eran hidalgos pobres y belicosos que servían á las órdenes de los opulentos daimios. Tenían por emblema la flor del cerezo, «hermosa y de corta duración». Deseaban una vida abundante en gloria y voluptuosidades, pero breve. Los valientes no deben vivir mucho. Todos habían hecho pacto con la muerte y consideraban la vejez como una decadencia vergonzosa.
En tiempo de paz viajaban por el Japón buscando combates. Cuando llegaba á sus oídos la fama de algún samurai valeroso, residente en otra provincia, iban á su encuentro para proponerle un duelo á muerte. Si creían haber perdido la estima de su señor ó de sus camaradas, se abrían el vientre en presencia de ellos, rogando al amigo más íntimo que hiciese volar su cabeza al mismo tiempo con un golpe de uno de los dos sables que todos ellos llevaban en la cintura. Esta ceremonia mortal era el famoso Hara-Kiri.
Hay que imaginarse las guerras civiles, las batallas desordenadas, ruidosas y confusas que libraron los daimios entre ellos, durante siglos y siglos, acaudillando sus tropas de samurais. Todos los caprichos diabólicos de un artista delirante los realizaron estos guerreros en el adorno defensivo de sus personas. Se cubrían con armaduras de láminas superpuestas, negras ó de reflejos verdes y azules, como los coseletes de los insectos. Llevaban en la cabeza yelmos rematados por cuernos y sobre el rostro máscaras de acero que eran una reproducción del hocico del tigre ó de la hiena. Otras veces, estos antifaces metálicos, adornados con bigotes, imitaban el rictus espantable de los demonios.
Guerreros de brazos cortos, pero extremadamente vigorosos, inferían al reñir heridas enormes. Sus armas de acero hábilmente templado tenían á la vez el filo de una navaja de afeitar y el peso de una maza, separando de un solo golpe la cabeza de los hombros, el brazo ó la pierna de su tronco correspondiente. Sus encuentros eran choques en desorden, avances impetuosos de jinetes y arqueros, iguales á las invasiones de langostas, arrasando completamente las tierras del enemigo.
Los daimios, no obstante su orgullo, jamás osaron suplantar al emperador, por ser éste de origen divino, pero con frecuencia pretendieron imponerle su voluntad. El Mikado, para librarse de tal influencia, abandonó Osaka, y el Japón tuvo una segunda capital, que fué Kioto.
Aquí empezó el mayor eclipse de su historia. Para defenderse del feudalismo absorbente de los daimios escogió á uno de ellos, confiriéndole el poder ejecutivo y conservando únicamente su majestad histórica. Esta especie de ministro universal tomó el titulo de Shogun, que quiere decir «Generalísimo». Él aceptaba todas las responsabilidades, incluso la de los desastres, y de este modo el principio divino del Mikado quedaba fuera de toda discusión.