El rostro de Buda tiene cierto hieratismo oriental, especialmente en sus orejas, exageradas y algo caídas; pero el resto de sus facciones muestra una expresión de paz y de misterio, que impone respeto y hasta un poco de miedo religioso. ¡Cuán lejos estamos aquí del vulgo occidental, que llama Buda á toda imagen venida del Extremo Oriente, hasta á los dioses gordos, panzudos y joviales de los chinos!...
Este dios de bronce verdoso, dejando caer su sonrisa enigmática desde una altura de torre, tiene algo de esfinge, pero de esfinge dulce y melancólica, que parece guardar, como un depósito doloroso, el triste secreto de nuestros destinos. Inventor de una moral que recuerda la del cristianismo—siendo 600 años anterior al nacimiento de Jesús—, tiene millones de adoradores en el Japón y en la China, pero cada vez se ve más olvidado en la India, su patria. En esto se asemeja también á Cristo, que nació en Judea y, sin embargo, es entre los judíos donde su doctrina conquistó menos adeptos.
Pasa rápidamente por mi memoria la vida legendaria del príncipe Gautama mientras contemplo su imagen, en la que pone el sol sus últimos temblores áureos. Su padre le recluyó en un palacio inmenso, entre centenares de mujeres, danzarinas y músicas, proporcionándole las mayores voluptuosidades para que no conociese el dolor. Mas un día, al escapar de su encierro, vió un enfermo al borde de un camino. En otra huída encontró á un viejo decrépito, que marchaba encorvado y trémulo, como una caricatura de la existencia. En la tercera excursión se cruzó con un entierro. Así supo que existían la Enfermedad, la Vejez y la Muerte, últimas señoras del hombre que salen á buscarnos, sea cual sea el sendero que sigamos en el jardín de nuestra vida. Y el príncipe Gautama, reconociendo la fragilidad de los placeres materiales, abominó de las riquezas y se lanzó por el mundo á predicar la humildad y el renunciamiento, dándole sus discípulos el santo nombre de Buda.
Empieza el crepúsculo y todavía debemos visitar en la cumbre de una colina inmediata el templo venerable de Kuanon, la diosa de la Misericordia.
Este templo consiguió sobrevivir á la ciudad, pero es de madera, tiene varios siglos de existencia, y parece carcomido, frágil, hueco en el interior de sus tablazones, como los navíos abandonados para siempre en el rincón de un puerto.
Los servidores del santuario son japoneses de cabeza esférica y pequeña, enormes gafas de concha y rostro descarnado, de intensa palidez. Tienen todos ellos una expresión de sacristanes fanáticos. Se comprenden las enérgicas disposiciones de los Shogunes contra los bonzos budistas, que muchas veces perturbaron la vida del país con sus intrigas políticas y sus intentos de sublevación popular.
Sobre la meseta de la colina donde está el templo aún es posible ver los objetos á la luz azulada del crepúsculo. Más allá de la puerta del edificio caemos en la noche.
Avanzamos por su lóbrego interior, siguiendo las oscilaciones de la luz roja y difusa que esparce un farolón llevado por uno de los bonzos. Vemos altares dorados que surgen un momento de la sombra y vuelven á hundirse apresurados en ella. Lo interesante está al otro lado del tabique de madera que corta el edificio enfrente de la puerta.
En este segundo templo, á la altura de nuestros ojos, sobre una mesa dorada, vemos unos pies gigantescos, de la longitud de un hombre. El bonzo cuelga su farol de un gancho que se balancea al final de una cuerda, tira del otro extremo de ella, y la luz roja, con lenta ascensión, va iluminando por secciones las rodillas de la diosa, las piernas, el vientre, los pechos, y á doce metros de altura su rostro con una sonrisa fija y sin vida.
Es una imagen policroma y tallada groseramente, como las que hacían en la Edad Media cristiana del gigante San Cristóbal. Tiene el mérito de su enormidad, aunque no es tan grande como el Daibutsu sentado. Hace sonreir como una obra infantil, mientras que el Buda de bronce impone respeto y hace pensar.