Compramos al bonzo varios rollos de papel de arroz con imágenes grabadas en madera y milagrosas oraciones: un pretexto para darle un yen (un dólar japonés), que desde nuestra llegada está atrayendo su mano huesuda, con movimientos instintivos de los dedos. Cuando salimos del templo ya es de noche. Vemos otros santuarios budistas y sintoístas. Entramos en una casa de té, quitándonos los zapatos en sus gradas de madera para no ensuciar la esterilla fina que en toda vivienda nipona sirve de asiento, de mesa, de mantel y de cama, al mismo tiempo que de alfombra.
Antes de subir al automóvil quiero contemplar por última vez el Daibutsu de Kamakura, el más grande y hermoso de todos los Budas. No lo veré más, y es una de las contadísimas obras humanas que hay que guardar en la memoria, para decir con orgullo: «Yo lo he visto».
Llego hasta la portada de los dos dioses, horripilantes é iracundos. El dios humano que se alza en el fondo como una montaña, abruma á estos dos mascarones mitológicos, convirtiéndolos en despreciables mamarrachos.
Avanzo con pasos leves por la avenida enarenada que conduce hasta el pie de la imagen colosal. El basamento, hecho de bloques de granito, ha sido removido por el último temblor. Los sillares se salieron de sus alvéolos y están separados por grietas profundas. Pero el hombre-dios sigue en su inmovilidad pensativa y sonriente, con el dorso encorvado y los ojos triangulares perdidos en el infinito.
Al final de su espalda hay una puerta, que antes se abría para el viajero. El interior de la imagen es hueco y sirve de santuario á una docena de estatuas de Buda más pequeñas. Después del reciente cataclismo ha sido prohibida la entrada en el cuerpo del dios.
De hombros abajo está sumido en la obscuridad rumorosa y fresca del jardín. Se oye un canto de agua invisible: algún arroyuelo trivial y juguetón que se desliza por las sinuosidades minúsculas de la jardinería japonesa, pasando al través de puentes de muñecas, cayendo en cascadas de juguete acuático. La tierra y su vegetación de árboles candelabros, de arbustos recortados en formas casi humanas, parecen respirar la alegría serena y reposada de la paz.
El rostro de bronce se destaca sobre la lobreguez celeste, reflejando una luz de origen incierto. Tal vez viene del mar, invisible para nosotros; tal vez desciende de las estrellas que empiezan á temblar en lo alto y envían su resplandor difuso para que la sonrisa sobrehumana del gigante en meditación no se borre un momento, triunfando de la noche.
Creo adivinar el secreto de esta sonrisa, el misterio de la esfinge dulce que atrae á los hombres con su melancolía, en vez de asustarlos, como su hermana de piedra hundida en los arenales de Egipto.
—Vivid en paz—dice—, pobres siervos de la Dolencia, de la Vejez y de la Muerte. Amaos los unos á los otros. No aumentéis la miseria del mundo declarando precisa y eterna una divinidad fatal, inventada por vosotros: la Guerra.