Sin embargo, estos varones de traje disparatado y contrastes grotescos son de una cortesía exquisita en sus saludos, de una amabilidad en su sonrisa, que conquistan desde el primer momento al extranjero. El japonés, cuando quiere expresar su afecto ó su admiración, no conoce el miedo al ridículo, que tanto cohibe y enfría la exterioridad de nuestros sentimientos.

Uno de los que leen de pie me mira de pronto con interés y vuelve á fijarse en su periódico, como si estableciese una comparación. Yo he visto desde mucho antes que en todos los diarios que leen los viajeros figuran varios retratos míos. Sonríe mi compañero de viaje con una satisfacción pueril al convencerse de que, efectivamente, soy yo el que aparece en su periódico, y soltando la anilla que le sirve de sostén lleva ambas manos á sus rodillas y se inclina todo lo que puede, saludándome. Los otros, sin que circule palabra alguna, por una especie de aviso telepático, van fijándose igualmente en mí para compararme con la imagen de sus papeles, y repiten el saludo é idénticas sonrisas, teniendo yo que contestar con los mismos ademanes á tales extremos de la cortesía japonesa.

Así llegamos á la estación de Tokío, ó mejor dicho, á una de sus varias estaciones, pues esta ciudad de dos millones de habitantes se halla muy esparcida, ocupando un perímetro tan grande como el de Londres.

Los estudiantes de la Escuela de Lenguas me esperan en un muelle distante, que era el destinado para la llegada del tren especial, y al enterarse de que estoy en el lado opuesto de la estación, acuden corriendo.

Todos llevan la gorra de colegial, que acompaña al japonés desde la escuela de primeras letras hasta las más altas clases universitarias. Un signo dorado en el frente de la gorra indica el estudio especial y la categoría de cada alumno. Hasta en los caminos más apartados del Japón he encontrado pequeños muskos con un kimono azul á redondeles blancos por toda vestimenta, descalzos, el pelo cortado en franja, lo mismo que los chicuelos que figuran en los abanicos, pero llevando con orgullo en su cabeza la gorra de colegial á estilo de Occidente.

Los estudiantes de la Universidad de Tokío que vienen á recibirme tienen un aspecto indumentario menos incoherente que el de los burgueses que ocupaban el vagón. Sólo alguno que otro lleva kimono bajo su gabán azul y calza zuecos. Casi todos van vestidos como un estudiante europeo, guardando bajo el brazo un paquete de libros.

Han venido á recibirme, é inmediatamente volverán á sus clases. Se adivina en todos ellos una voluntad laboriosa y tenaz, un deseo de conseguir lo que se han propuesto, terminando cuanto antes su carrera. Me entregan un gran ramo de flores y un álbum ilustrado por artistas célebres que contiene las firmas de todos ellos. Después de este recibimiento visito con unos cuantos amigos las principales avenidas y paseos de Tokío.

Mi primera impresión de la capital japonesa se afirma y se agranda en los días sucesivos. El terremoto causó aquí tantas víctimas como en Yokohama, pero los edificios sufrieron menos. Hay barrios enteros, los más ricos, en los que apenas se nota la reciente catástrofe. Edificios altísimos construídos á estilo de los Estados Unidos se mantienen sin ningún desperfecto visible. Otros siguen de pie, con hondas grietas en sus fachadas, cubiertas de andamios recientemente para su reparación.

Fué en los barrios apartados, compuestos de casitas de madera, donde el incendio produjo mayores daños. Además, ocurrió la gran catástrofe de la explanada de Hifukusho, en la que perecieron 40.000 personas, y de la que hablaré más adelante. Muchos centros oficiales están cerrados por tener que hacerse en ellos grandes reparaciones. La Universidad de Tokío y sus escuelas anexas están instaladas ahora en barracones, á causa de que todos sus cuerpos de edificios fueron consumidos por el incendio. Los museos aún no han sido abiertos... Pero la actividad japonesa sigue animando las calles de Tokío, como si todos hubiesen olvidado ya el recuerdo de la catástrofe.

Muchas de ellas ofrecen un aspecto de fiesta. Como se aproxima el primer día del año, los vecinos las han adornado con arcos de verdura, gran profusión de banderas y guirnaldas de faroles de papel. Las muestras extraordinarias con que se cubren las tiendas al llegar esta época de compras y regalos contribuyen al general hermoseamiento. El misterioso alfabeto japonés extiende sus letras en los anuncios, como si fuesen jeroglíficos artísticos trazados únicamente para placer de nuestros ojos en rótulos y banderas.