La muchedumbre es pintoresca, aunque no tan multicolor como nos la imaginamos en Occidente antes de conocer el Japón. Los kimonos floreados y de brillantes tintas sólo se ven en las representaciones de teatro ó en las casas de mujeres públicas del barrio llamado Yosywara. El Japón, en su vida histórica, sólo ha tenido tres colores: el negro, usado en las ceremonias palatinas por el emperador y sus cortesanos y que las clases elevadas guardan aún; el rojo, que fué el de la nobleza media, y el azul, usado por la burguesía y el pueblo.
Hoy el azul continúa siendo el color de la muchedumbre. Los carreteros, los portafardos, los que recomponen las calles ó tiran de los vehículos como bestias uncidas, todos llevan chaqueta azul de amplias mangas, con la espalda escrita de blanco. No hay hombre del pueblo que no lleve en el dorso un jeroglífico, semejante al blasón que ostentaban en igual lugar de su cuerpo las gentes de la Edad Media occidental. Pero estos jeroglíficos que nos parecen obras de arte son simplemente rótulos que indican las más de las veces para qué compañía trabaja el obrero ó en qué barrio reside. La policía procura mantener el uso de esta vestimenta de los antiguos tiempos. Gracias á ella, si alguien comete una acción delictuosa es fácil reconocerlo, pues al huir muestra el nombre blanco sobre su espalda azul.
Se nota la escasez de animales de tiro. No se ven otros caballos que los del ejército. El automóvil ha sido una solución para las industrias necesitadas de arrastre. El buey japonés, pequeñito, gracioso y de aspecto algo frágil, no abunda en las calles de Tokío. Tira en yunta de reducidas carretas, sin que el boyero le obligue á grandes esfuerzos, y está tan bien cuidado que hasta lleva unas bonitas sandalias de esparto sostenidas por una correa en mitad de la pezuña, á semejanza de las que usan las personas.
Son los hombres de espalda blasonada los que hacen todos los trabajos que en otros países están reservados á las bestias. Tiran en filas de grandes carros ó se uncen á sus varas. Juntas con ellos se ven mujeres sucias, sudorosas, deformadas por el esfuerzo, que parecen tan hombres como los otros. Deslizándose entre los automóviles, tranvías, ómnibus y grandes vehículos cargados de fardos, pasan veloces los kurumayas tirando de su ligero carruajito de un solo asiento, montado sobre ruedas de goma ligeras y altísimas, que le dan el aspecto de una araña de sutiles patas. Los caballos humanos de la koruma gritan incesantemente para avisar su paso, y muchas veces enganchan con una rueda al ciclista que viene en dirección opuesta. Nada de malas palabras ni de peleas. El que ha rodado por el suelo se levanta, apresurándose á saludar y dar excusas al otro, que hace lo mismo desde mucho antes.
Las calles de Tokío, exceptuando las avenidas principales, tienen un suelo desigual. Me dicen que esto es á consecuencia del temblor, que rompió el asfalto; pero veo muchas de ellas, lejos del centro, en las que no ha existido jamás pavimentación de ninguna clase. Esto no impide que sobre el barro, partido en profundos relejes y peligrosos badenes, circule incesantemente el movimiento vital de la enorme Tokío.
El Japón, que en realidad no es rico, sostiene un ejército y una flota enormes, necesitando invertir en el mantenimiento de tales fuerzas tres cuartas partes de sus ingresos. Le preocupan más sus medios ofensivos y defensivos que el ornato y la higiene de sus ciudades. Además, los japoneses no temen el barro, como los europeos. Llevan los pies montados en pequeños bancos, lo que les permite pasar sobre charcos y lodazales sin que sus plantas se humedezcan.
En las aceras de asfalto el paso de los transeuntes sostiene un continuo chacoloteo. Por encima del estrépito de los vehículos y los gritos de la muchedumbre resuena como un acompañamiento incesante, sirviendo de fondo á los demás ruidos, el chap-chap de miles y miles de pies, que al moverse levantan con los dedos su calzado de madera y vuelven á dejarlo caer. Los recién llegados al país necesitan acostumbrarse á este traqueteo que puede llamarse nacional. A las tres de la mañana empieza á sonar en las aceras de Tokío y no termina hasta horas avanzadas de la noche. Únicamente en las calles no pavimentadas y en las casitas de las afueras puede vivirse libre de este calzado ruidoso, incompatible con las vías modernas, chapadas de piedra ó de asfalto.
Las mujeres y las niñas circulan por los barrios populares llevando al hijo ó al hermanito acostado en su espalda. En algunos terrenos baldíos, las japonesas, siempre con la cabeza del pequeñuelo pegada á su cogote, juegan á la pelota ó al volante. Los muskos vuelan cometas que son flores caprichosas ó espantables dragones de papel.
Al encontrarse en una acera dos damas de la clase media se desarrolla en todo su esplendor la tradicional cortesía japonesa. Con los brazos cruzados sobre el pecho empiezan las dos á hacerse reverencias, doblando el cuerpo exageradamente. Procuran inclinarse á un lado para que sus cabezas no choquen, y así continúan los extremados arqueamientos de sus saludos, diez veces, quince, y más. Cuando se deciden á poner término á tales amabilidades se alejan en distintas direcciones; pero de pronto una de ellas vuelve los ojos, la otra hace lo mismo, y girando ambas sobre sus talones quedan otra vez frente á frente, repitiendo á mayor distancia sus doblegamientos de espinazo, mientras los transeuntes siguen adelante sin fijarse en esta cortesía interminable, que es para ellos algo ordinario.
La situación social de cada mujer se conoce por su peinado. La etiqueta japonesa creó cinco maneras de peinarse, para que los hombres no sufran equivocaciones al sentir interés por alguna de ellas. Hay el peinado de las niñas de cinco á siete años; el llamado Momo-ware, que es para las muchachas de diez á quince; el Sokuhatsu, que puede llamarse de las intelectuales, pues sólo lo usan las estudiantes y las artistas; el Shimada, que es el de las solteras después de los diez y seis años, y el Maru-wage, de las casadas, que resulta el más abundante en las calles.