Un peinado japonés es algo complicado, dificultoso, monumental. El edificio de negros cabellos queda tan compacto y brillante, que parece de laca. Las mujeres generalmente sólo rehacen este peinado por entero una vez á la semana. Los otros días atienden á su alisamiento y brillo, dándole un baño de aceite de camelia. Yo he visto á las japonesas en los trenes durmiendo boca abajo, con la frente sobre los brazos cruzados, para mantener intacto su peinado. En sus casas se tienden de espaldas sobre la esterilla que les sirve de cama, y su cabecera es un banquito con un semicírculo, en el que descansan el cuello. Gracias á esta almohada de madera, el monumento capilar queda en alto, sin ningún contacto que lo deforme.

El primer día que paso en Tokío es el de Nochebuena en los países cristianos, pero aquí no tiene otro valor que ser uno de los anteriores á la fiesta de primero de año. Recordaré siempre este día por las numerosas ocupaciones y honoríficos agasajos que tuvo para mí. A las doce me obsequiaron con un almuerzo puramente japonés en el restorán Koyokan, establecimiento famoso en Tokío por sus fiestas, al que asisten los antiguos daimios y los personajes políticos mantenedores de las costumbres antiguas.

Es una agrupación de casas de madera, con techos ligeros y tabiques de papel, en el centro de un hermoso jardín. Los japoneses llenan de piedras sus jardines y construyen sus edificios de madera y de papel. En los almacenes de flores venden piedras especiales, muy caras, para el adorno de los jardines, que son buscadísimas por los conocedores. Hasta las linternas que dan luz por la noche á los viejos paseos y á las avenidas de los santuarios son de piedra: unas capillitas de granito sobre pedestales en forma de torreón, que reciben el nombre de toro, y en cuyo interior, con puntiagudo remate de pagoda, se coloca una pequeña lámpara. En cambio, los edificios se componen simplemente de una plataforma de madera á medio metro del suelo, varios postes para sostener la techumbre de tablazón, y numerosos biombos, de lienzo ó de papel, como paredes.

La madera nunca la pintan los japoneses. El lujo es conservarla como si acabase de salir del almacén del carpintero. Esto, unido á la monotonía de los tabiques blancos y al color amarillo de la esterilla que cubre el suelo, da un aspecto de pobreza á toda casa tradicional. Un biombo pintado alegra á veces con sus colores esta uniformidad amarilla y blanca. Los salones no tienen otros muebles que una mesita del tamaño de uno de nuestros taburetes, con alguna flor, y el pequeño altar de los Antepasados. En el suelo hay unos cojines obscuros para sentarse, y nada más.

Entro en los salones del elegante Koyokan luego de haberme quitado los zapatos en las gradas que dan acceso al edificio. Me acompaña un español muy conocido en el Japón, el coronel Herrera, agregado militar de la Legación de España, que ha pasado gran parte de su vida en este país y asistió á la guerra con Rusia, así como á otras operaciones del ejército japonés. Los militares del Japón lo consideran como un compañero de armas.

En el comedor de gala encuentro numerosos personajes que han querido organizar este almuerzo para que conozca yo la cocina tradicional y las danzas y ceremonias del país. Algunos de ellos han estado en España y en casi todas las repúblicas americanas de origen español, hablando correctamente nuestra lengua.

El organizador de la fiesta, mi amigo Utiyama, es uno de los hombres más inteligentes y cosmopolitas del Japón moderno. Ha viajado mucho como diplomático, y es ahora secretario del ministro de Relaciones Exteriores. Me va presentando á los demás invitados, altos funcionarios de dicho Ministerio, profesores de Universidad, diplomáticos, periodistas célebres. El señor Arajiro Miura, antiguo secretario de la Legación del Japón en Madrid, habla el español de tal modo, que al pronunciar un discurso al final del almuerzo, todos los de lengua española le miramos asombrados por la facilidad y la corrección de sus palabras.

Aprecio la diferencia de aspectos entre los japoneses de clase superior que han viajado, poniéndose en contacto con los occidentales, y los que nunca salieron del país. Todos estos gentlemen amarillos llevan su ropa con una distinción europea y son menos feos que los otros. Algunos parecen sudamericanos de origen mestizo, y apenas sí un ligero fruncimiento de sus párpados y la tirantez de su cutis revelan el origen asiático.

Por amor á lo pintoresco y lo exótico, no diré la mentira enorme de que me parece agradable la cocina japonesa. Además, á los pocos segundos de estar sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, empiezo á sentir los dolores de un lento y creciente suplicio. Colocan delante de cada uno de nosotros una mesita que es en realidad un pequeño banco y apenas si levanta dos palmos del suelo. Sobre este taburete de laca, las pequeñas criadas, sonrientes y graciosas como gatitas, van depositando platos no más grandes que tazas y con los manjares en tan exigua cantidad, que nuestro banquete parece una comida de muñecas.

Para mí basta con lo que me dan, y pasaría seguramente un mal rato si me obligasen á comerlo por entero después de probarlo. Voy conociendo el sabor del pescado enteramente crudo, tal como lo sacan de las profundidades oceánicas, de la médula de bambú aderezada con vinagre, y otros platos cuya composición me abstengo de preguntar. Mi única defensa nutritiva es un tazón lleno de arroz hervido, que hace las veces de pan.