Frente á cada uno de nosotros hay una musmé sentada en el suelo, que nos mira sonriendo mientras comemos. Mete sus zarpitas en la mesilla para que todo se mantenga en un orden perfecto ó pide con dulces maullidos á sus compañeras que traigan lo que falta. Se cuida además de escanciar el saké, aguardiente hecho de arroz, que es el vino de los japoneses.
Mientras mis compañeros de estera, sentados como los antiguos sastres, almuerzan tranquilamente, manejando los dos palillos que les sirven de tenedor, yo me limito á comer arroz sólido y beber arroz fermentado, cambiando á cada momento de postura para que las piernas entumecidas recobren un poco la vida de la circulación. En este momento envidio á los que respiran, jadeantes y sofocados, después de una carrera violenta. ¡Quién pudiera levantarse y echar á correr!...
A los postres se desarrolla una ceremonia tradicional. Utiyama, como organizador del almuerzo, viene á sentarse frente á mi mesita, en el mismo lugar que ocupaba la musmé poco antes. En todo banquete japonés el anfitrión hace esto, como un acto de estima y respeto por su invitado principal.
—¿Me concederá usted—dice—el alto honor de permitirme que beba en su copa?
Conozco el ritual de esta ceremonia. La copa es simplemente una jicarita de porcelana, que se sostiene al beber con la palma de la mano. La sumerjo en un tazón de agua que tenemos todos en la mesilla para nuestra propia limpieza, y luego de haberla secado con una servilleta de papel se la ofrezco á mi anfitrión llena de saké. Éste la bebe con grandes extremos de agradecimiento por el honor que le dispensa su primer invitado.
Debo advertir que Utiyama muestra una gravedad sincera. Ya no es el ingenioso y sonriente conversador que recuerda sus viajes por Europa y América, su vida en Madrid, sus impresiones en las corridas de toros. Tiene una seriedad de sacerdote oficiante al cumplir este rito de la hospitalidad antigua. Le veo sentado en el suelo, con elegante chaqué gris, chaleco de viso blanco y una corbata que adorna una gruesa perla, pero al mismo tiempo vive en mi imaginación cubierto con un kimono negro, el pelo recogido sobre el cogote, y dos sables cruzados en la cintura, igual que iban vestidos sus ascendientes.
Después, otros comensales notables vienen á sentarse en el mismo sitio, y yo les sirvo la copa llena de saké, repitiendo la ceremonia tradicional.
Por primera vez, luego de la catástrofe, se permite una comida con músicas y danzas. Como sólo puedo permanecer aquí unos días y desean que conozca los antiguos bailes, los organizadores del banquete han obtenido un permiso para alterar el duelo público.
Ya he dicho que los edificios japoneses se componen de una sucesión de tabiques movibles, bastidores ligeros de madera y papel. Con facilidad se le pueden quitar á una casa todos sus muros laterales, dejándola convertida en simple sombraje. En su interior ocurre lo mismo. Añadiendo mamparas se crean nuevas habitaciones. Descorriéndolas se agrandan las piezas hasta formar un salón que se extiende de un lado á otro del edificio.
Vemos cómo se pliega el tabique del fondo de nuestro comedor y aparece otro salón sobre cuya tarima están sentadas en hilera varias mujeres con kimonos floreados y multicolores. Son la orquesta que acompañará las danzas.