Estas jóvenes van pintadas de blanco, pero un blanco lácteo y espeso, máscara que las uniforma, haciéndolas á todas semejantes. Los ojitos largos, oblicuos y casi cerrados, trazan dos líneas de carbón en dicha blancura. Un redondelito rojo y sangriento, igual á una cereza, indica el lugar de la boca. Y sobre este rostro de muñeca se eleva el peinado enorme, monumental, brillante, como un casco de laca negra.

Sus instrumentos son guitarras de mango larguísimo con tres cuerdas y una caja no más grande que un tazón, ó tamboriles puestos en el suelo, que repiquetean con dos palillos ágiles. Esta música causa extrañeza, así como los cánticos estridentes que se elevan sobre tal acompañamiento; pero minutos después empiezo á salir de mi desorientación auricular y voy adivinando las exóticas melodías, como el que pasa de la luz á las tinieblas y acostumbrándose á ellas acaba por vislumbrar poco á poco lo que le rodea.

Por una puerta lateral empiezan á salir de costado seis danzarinas, con pasos lentos y menudos, moviendo al mismo tiempo sus abanicos. Llevan kimonos azules y plateados de gran suntuosidad. Sus caras sonrientes é inmóviles son violentamente blancas, con dos toques negros y uno rojo. Van pintadas con más exageración aún que las músicas. Se mueven lentamente hacia la derecha, luego hacia la izquierda, con una gracia tímida é infantil, pero se adivina al mismo tiempo en ellas algo de refinado que hace sospechar exóticas perversiones. Son las geishas célebres sobre las cuales tanto se ha escrito y tanto se ha exagerado. Lo que más admiro en las seis bailarinas azules y plateadas es su estatura. Me he acostumbrado ya á la pequeñez de la mujer japonesa. En las calles todas parecen, por su talla mediocre y su flacura extremada, niñas á las que faltan varios años de crecimiento.

Las danzarinas famosas del Koyokan me recuerdan por su cuerpo aventajado á las mujeres de Europa, y esto las hace más interesantes á mis ojos. Pero me doy cuenta de pronto que estoy sentado en el suelo y las veo de abajo á arriba, como se ve á las actrices en los teatros, posición favorable que aumenta su estatura y la majestad de su porte. Tal vez una de las causas del poderío que ejerce la geisha sobre el hombre del país consiste en que éste la contempla sentado y teniendo que levantar los ojos. Cuando termina el baile y consigo al fin ponerme de pie, veo que todas estas beldades, escandalosamente pintadas, con runruneos y gracias felinas de muñequita frágil, no me llegan al hombro.

El resto del día está lleno de ocupaciones para mí. A las dos de la tarde se ha reunido un público de estudiantes, de escritores y aficionados á la literatura, en el gran salón de fiestas del diario Hochi, uno de los más importantes de Tokío. Este diario ocupa un «rascacielos» como los de Nueva York, en el que no ha causado el terremoto ningún desperfecto. La sala de fiestas está en el último piso, desde el cual se goza una vista á vuelo de pájaro sobre gran parte de la inmensa Tokío. Como los locales universitarios fueron destrozados por el cataclismo, es aquí donde una tarde entera se va á hablar de España, de su literatura y de mi persona, ante una concurrencia toda de japoneses. Para ellos es tan nueva y tan rara la materia, como lo sería para un público occidental un discurso sobre literatura japonesa. Y sin embargo, el salón, vasto como un teatro, ve ocupados todos sus asientos y mucho gentío de pie.

El profesor Nagata tuvo que abandonar nuestro almuerzo á las dos para irse al salón del Hochi que ya está repleto de público. Durante un par de horas habla de la novela española, de mi vida particular y literaria, de mis obras, algunas de las cuales han sido traducidas por él. Pero esto nada tiene de raro, pues su discurso lo pronuncia en japonés y todos pueden entenderle.

A las cuatro llego yo para dar una conferencia sobre «El arte de hacer novelas», y esto ya es más extraordinario, pues hablo en español. Una parte del público, compuesta de estudiantes y de japoneses que viajaron por la América del Sur, me entiende y aplaude al final de todos los párrafos. El resto muestra una atención reflexiva, pretendiendo comprender mis palabras, reteniéndolas en su memoria para convencerse luego de si las ha adivinado ó no. Cuando termino, el profesor Shizuo Kasai, otro traductor de mis libros, empieza la tarea de repetir en japonés á este público atento y estudioso todo lo que yo he dicho, frase por frase.

Como esto va á durar otras dos horas, me escapo con el coronel Herrera y varios amigos, para visitar la elegante casita que tiene este compatriota en las cercanías del templo de Meiji-Jinju, levantado en memoria del penúltimo emperador. A las seis volvemos al salón del Hochi, donde aún va á celebrarse otro acto para mí. Es un concierto dado por la mejor orquesta de la capital y en cuyo programa figuran, á la vez, obras de Wágner, de Debussy, y dos sinfonías de Yamata, el primer músico moderno del Japón.

Encuentro en dicho concierto el mismo público que ha escuchado las conferencias de la tarde. Estos hombres y mujeres, siempre atentos, con expresión meditativa, ocupan su sitio desde las dos de la tarde... y son las ocho de la noche.

Termina la jornada con un banquete á la europea en el Hotel Imperial, obsequio de los propietarios y principales redactores del Hochi. El presidente y el vicepresidente de este diario, los señores Machida y Ohta, me presentan á los comensales, entre los que figura Syusei Tokuda, el gran novelista del Japón. Los más van vestidos de frac, pero algunos profesores se presentan con el kimono negro de seda, que es el traje de ceremonia de los japoneses distinguidos.