La mesa, elegantemente servida, ocupa un comedor aparte en este hotel enorme, de construcción bizarra é incoherente, obra del «modernismo» alemán. El centro de esta mesa, por la que pasan los mejores platos europeos, es un pequeño jardín japonés de un metro de longitud, con árboles pigmeos que tienen tal vez más años de existencia que nosotros, rumorosas cascadas, praderas de musgo natural, y peces vivos del tamaño de alfileres diminutos, nadando en lagos no más grandes que la palma de la mano.
Hablamos del Japón y de Europa con todo el reposo y los miramientos propios de una conversación entre nipones, cuya cortesía es algo refinado que va más allá de la nuestra y nos obliga á medir las palabras y á reflexionar mucho antes de emitir un pensamiento. Mientras tanto, suenan fuera del comedor martillazos, gritos báquicos y risotadas. Varios europeos residentes en Tokío están armando el árbol de Navidad y se preparan para la cena clásica tomando numerosos aperitivos.
Tengo á mi lado al maestro Yamada. Horas antes he visto dirigir á este compositor, todavía joven, una orquesta de más de ochenta profesores, todos ellos excelentes y obedeciendo á la batuta, con una precisión que recuerda la de las orquestas alemanas.
¡Y pensar que este pueblo hace cincuenta años no sabía lo que era un violín, ni conocía otra música que la de las geishas que he escuchado á la hora del almuerzo!...
XVII
PASEANDO POR TOKÍO
Las fiestas florales del año.—«Geishas» y japonesas honestas.—Cómo se casan los japoneses.—El amor fuera de casa.—El paraíso de los maridos.—Opiniones de un moralista japonés sobre las mujeres.—La esclavitud femenina.—Contradicciones del pudor japonés.—Las mancebías del Yosywara.—Hembras expuestas en escaparates.—15.000 muchachas quemadas.—La gran catástrofe de la explanada de Hifukusho.—Un brasero de 40.000 personas.—Ágil agonía de las madres japonesas.—Un policía que imita á los samurais.
Por observación directa y por las explicaciones de mis amigos japoneses, voy conociendo algo del alma de este pueblo, compleja y contradictoria, pues se funden en ella las tradiciones de 2.600 años y los transformismos violentos de un progreso que sólo tiene medio siglo y ha copiado casi de golpe los adelantos materiales del mundo occidental.
El japonés es de un positivismo áspero, prefiere las empresas prácticas, de utilidad inmediata, y al mismo tiempo adora con fervor de poeta los esplendores primaverales de la Naturaleza.
Las flores en el Japón apenas tienen perfume, algunas carecen completamente de él, y sin embargo ningún país de la tierra ama como éste la floricultura. Toda japonesa bien educada aprende el arte de hacer ramilletes, como una señorita occidental aprende el piano ó la acuarela. No hay japonés que á la vista de un grupo de flores no quede inmóvil, en actitud reflexiva, lo mismo que un visitante de los museos de Europa ante un cuadro famoso. Hasta el bajo pueblo da su opinión sobre los matices y combinaciones de un ramillete, pues todos conocen desde la escuela el simbolismo y la armonía de las flores.
En el curso del año las principales fiestas populares están reglamentadas y escalonadas por las sucesivas floraciones de arbustos y árboles. El japonés abarca en su veneración todas las flores, dedicando mayor predilección á las de los árboles, casi inadvertidas en otros países, que á la de los arbustos, más conocidas y apreciadas en el Occidente. Cuando al iniciarse la primavera florecen los cerezos, se organizan fiestas de un extremo á otro del Japón, que duran mientras existe dicha flor. Al pie de los árboles se congregan las muchedumbres para presenciar el Miyaco-Odori, la «Danza de los Cerezos», y estas romerías dan motivo á un consumo enorme de saké, pues el pueblo se embriaga por tradición, como lo hicieron sus ascendientes durante siglos para glorificar la vuelta de la primavera.