Antes de la fiesta de los cerezos ha sido la de los ciruelos, en realidad la primera del año, pues dichos árboles florecen cuando las nieves empiezan á fundirse. Luego se suceden las otras fiestas florales, con acompañamiento de tacitas de saké, músicas y bailes de geishas. En Mayo es la fiesta de las peonías, que no son aquí inodoras, como en el resto de la tierra, gracias á los floricultores nipones que consiguieron darlas un ligero perfume de rosa. Después son festejadas las glicinas de largos racimos, y las azaleas, que abundan mucho en los campos. En el curso del verano dedican su alegre glorificación á los iris, á los lotos, y al empezar el otoño se celebra la fiesta de la flor que pudiéramos llamar nacional, pues simboliza al Japón en el resto del mundo, la crisantema, de infinitas variedades.
Además, el japonés festeja en el otoño el follaje de ciertos árboles que toma diversas tintas, como si sus hojas fuesen flores. Hay árboles que dan frutos en otros países y aquí se cultivan únicamente por su floración. En los ramilletes japoneses figuran como delicados componentes la flor del melocotonero, del peral, del ciruelo, del albaricoquero. Estas flores son infecundas; no contienen la esperanza de ningún fruto. Nacieron simplemente para lucir una belleza virgen y jamás conocerán la procreación.
Todo el que llega á este país con la memoria llena de lecturas literarias pregunta por las geishas, desea verlas, creyendo que son la representación femenina del país. Es algo semejante á lo que ocurre en España cuando los extranjeros desean ver gitanas, creyendo que todas las españolas son la Carmen de Merimée, ó á la candidez de ciertos visitantes de París, que se imaginan conocer á la mujer francesa porque conversaron y bebieron con las danzarinas nocturnas de Montmartre.
Algunos escritores europeos, después de cohabitar en un puerto del Japón con una musmé de alquiler, la han exaltado y glorificado con su genio artístico, hasta hacer de ella el símbolo de la feminidad nipona.
Esto es hermoso, pero completamente falso. En el Japón existen la esposa, la madre, la hija, mujeres de resignadas y virtuosas costumbres, que forman la inmensa mayoría de la población femenina, y existe igualmente la geisha, cada vez menos numerosa y más decadente, que es la bailarina y la música de los lugares de diversión.
Esta especie de cocota nipona fué en otros tiempos, antes de que el Japón adoptase las costumbres occidentales, algo así como una institución nacional, destinada á satisfacer necesidades psicológicas más que físicas.
Para explicar esto con más claridad, necesito decir que en el Japón no existe el amor como lo entendemos los occidentales, y si alguna vez llega á nacer, es de un modo dramático é ilegal, fuera de la casa, al margen del matrimonio. El japonés constituye su familia bajo la dirección indiscutible de sus padres, que lo casan sin tomarse la molestia de consultar su opinión. Lo mismo los casaron á ellos é igualmente fueron contrayendo matrimonio sus remotos ascendientes en el curso de siglos y siglos.
Un amigo mío, profesor de lenguas europeas, me cuenta el breve y estupendo diálogo que tuvo hace pocos días con uno de sus discípulos.
—Mañana no podré venir á tomar mi lección, maestro, porque me caso.
Acoge el profesor con extrañeza tal noticia. Nunca le había hablado su alumno de noviazgos. ¿Cómo ha guardado esto en secreto hasta el último momento?... ¿Quién va á ser su esposa?...