—No sé—contesta el joven—. No la conozco. Todo lo han arreglado mis padres, y fué ayer cuando me dijeron que debo casarme mañana.
El japonés somete á su esposa á un régimen despótico, con arreglo á la tradición, y ésta le obedece en todo, sin la más leve protesta. Es posible entre ellos un plácido compañerismo, un afecto tranquilo y fraterno, pero no el amor tal como se ve en novelas y dramas. Por esta razón la literatura occidental sólo empieza á ser comprendida un poco por los japoneses que viven á la moderna y han viajado. Los demás, al leer obras célebres en Europa que sistemáticamente tienen por base el amor, levantan los hombros y sonríen como en presencia de algo infantil, indigno de respeto.
La geisha ha representado siempre para el padre de familia japonés la poesía de la vida, lo imprevisto y complicado que hace sufrir y proporciona deleite al mismo tiempo; en una palabra, el amor. Tiene en su casa varias mujeres, por el privilegio de la poligamia, pero éstas son abejas obscuras y laboriosas, dedicadas á la buena marcha del hogar. La geisha es como la hetaira griega, y á semejanza de los atenienses del tiempo de Pericles, el daimio, el samurai ó el simple mercader han despreciado muchas veces á las hembras tranquilas y obedientes de su casa para ir en busca de la danzarina letrada, ingeniosa, maestra de buenas maneras y gran recitadora de versos.
Los principios de la carrera de geisha no son fáciles. Hay colegios especiales que las toman á los siete años, enseñándolas todo lo que puede hacer valer particularmente sus gracias y sirve para seducir á los hombres. Aprenden á tocar la guitarra, ejercitan sus voces, retienen en su memoria los pequeños poemas célebres, que ascienden á centenares, y sus maestras les enseñan además el arte de encontrar respuesta pronta é ingeniosa á las demandas masculinas. Su gran habilidad es la danza, sin saltos ni contorsiones, compuesta de actitudes que tienen algo de rituales, transmitidas á través de los siglos. Sólo á los catorce ó quince años salen de estos colegios, gobernados por una disciplina severa, para intervenir en los banquetes y alegrarlos con su presencia.
En realidad, la geisha no fué nunca una prostituída. Su verdadera misión es divertir á los comensales con su belleza y sus palabras. Todas ellas guardan las tradiciones de la cortesía japonesa, y han mantenido en los hombres, con su fino trato, la etiqueta y el mesurado lenguaje de otros tiempos.
Las esposas quedaron siempre en el hogar conyugal, mientras el marido comía en la casa de té con las geishas. Algunas veces, si las mujeres legítimas asistían á tales banquetes, el marido no se mostraba intimidado por su presencia, y seguía acariciando familiarmente á las bailarinas, sin que esto pareciese extraordinario.
Afirman los tradicionalistas que la geisha es una profesional honesta y no va más allá de sus danzas, sus cantos y sus versos, evitando relaciones sexuales con sus clientes. Y añaden que éstos, por su parte, se contentan con la presencia y la conversación de las agradables muchachas. Tal vez haya sido así en muchas ocasiones, y los occidentales pequemos de maliciosos al no comprender unas orgías tan desinteresadas y puras. Mas no es menos cierto que algunas veces el japonés se enamora verdaderamente de la geisha, y como ésta es maestra en el arte de enardecer al hombre manteniéndolo á distancia y muestra una voracidad imprevisora y alegre para el derroche del dinero, tales relaciones duran años y años, perdiendo el enamorado en ellas toda su fortuna y hasta acaba suicidándose.
Así como muchos llaman á los Estados Unidos «el paraíso de las mujeres» por la influencia enorme que ejercen éstas en la vida privada y en la pública, el Japón puede titularse «el paraíso de los maridos». Las leyes escritas, las costumbres, la jerarquía social, la organización de la familia, todo fué fabricado para los hombres. La mujer es la esclava del esposo, y éste ha tenido la habilidad de moldear durante siglos y siglos el pensamiento femenino de un modo tan hábil, que la pobre hembra todavía muestra agradecimiento porque la mantiene al lado de él y se esfuerza por adivinar su voluntad, cumpliéndola inmediatamente.
Todas las japonesas á estilo antiguo adoran á su esposo como un dios, le obedecen sabiendo que no puede equivocarse, y la menor protesta femenina equivaldría á un sacrilegio. Al mismo tiempo se consideran felices porque el marido se digna aceptar su sacrificio.
Vieron en su infancia cómo su madre se prosternaba ante el padre; aprendieron en el propio hogar que las mujeres son infinitamente inferiores al hombre, y por eso acogen con agradecimiento inmenso la menor muestra de consideración que se dignen darles. El japonés, por su lado, desde los primeros años de su niñez aprende con el ejemplo de sus mayores que la hembra sólo ha venido al mundo para servir al varón y procurarle placeres materiales. Así se comprende que la poligamia japonesa haya sido más tranquila y disciplinada que la de los musulmanes. Las esposas marcharon siempre de común acuerdo, como devotas unidas por el deseo de rendir culto á un mismo dios, sin las peleas y rivalidades de las reclusas del harén.