Un guardia de policía vigilaba su entrada. En el primer momento, fiel á su consigna, intentó oponerse al avance de la muchedumbre. Pero ésta fué engrosando, la tierra repetía sus temblores, gritaban las mujeres, lloraban los niños, y el policía, conmovido por el peligro general, acabó por olvidarse de su deber, dejándolos pasar. Al poco rato 40.000 personas se aglomeraban dentro de la explanada con sus carretones, muebles y fardos, tan estrechamente, que no podían moverse. Pero una alegría egoísta les hizo reir y bromear. En este espacio libre se consideraban salvos y seguros, mientras empezaba á arder Tokío.

Las llamas se fueron extendiendo por el horizonte y avanzaron como dos brazos rojos, hasta juntarse, cerrando toda salida. Esto no consiguió que la gran masa de refugiados perdiese su buen humor. El incendio estaba lejos y no podía llegar hasta ellos en una explanada completamente descubierta.

De pronto sopló el ciclón, completando la obra del terremoto y del incendio. Las llamas verticales se inclinaron bajo el impetuoso bufido, con una horizontalidad destructora. La succión atmosférica aumentó el ardor de los inmensos braseros. Llovieron maderas encendidas, arrastradas á enormes distancias. Se elevó la atmósfera á una temperatura de horno, y las planchas metálicas de la cerca se enrojecieron, quemando á cuantos se aproximaban á ellas. Se arremolinó la enorme masa humana en este espacio, cada vez más angustioso para sus pulmones. Le era imposible moverse; le faltaba aire para respirar; llovía fuego.

Los más perecieron quemados vivos. Algunos, con el empuje de la desesperación, marcharon ágilmente sobre la muchedumbre, poniendo los pies en sus apretadas cabezas. Pero morían también al llegar á las vallas enrojecidas, ó más allá, junto á la línea de edificios llameantes.

Algunos testigos lejanos de la catástrofe describen un espectáculo inaudito, que presenciaron repetidas veces. Por el enorme calentamiento del aire ó por las succiones del ciclón, las personas subían ardiendo á través de la atmósfera lo mismo que cohetes voladores, cayendo poco después en un brasero crepitante de grasa cuyos tizones eran cuerpos humanos.

Cuando extinguido el incendio se procedió á la limpieza de la explanada de Hifukusho, los fúnebres exploradores tuvieron que recoger con palas y carretillas las cenizas de esta inmensa hoguera.

Más abajo de la costra de cuerpos carbonizados fueron encontrando otros cadáveres enteros, que habían perecido por aplastamiento y sofocación. Los de arriba les habían derribado y pateado para abrirse paso, sin conseguir otra cosa que morir á su vez ardiendo.

La capa inferior de muertos estaba compuesta de mujeres, de niños, de ancianos. Debajo de ella se encontraron varios pequeñuelos que respiraban aún y fueron devueltos á la vida.

Sus madres, pobres mujercitas amarillas, se habían arqueado sobre ellos, con instintiva precaución, procurando mantenerlos intactos hasta el último momento bajo sus cuerpos agonizantes.

El policía no fué de los muertos, pero como buen japonés creyó necesario expiar su olvido de la disciplina, su tolerancia misericordiosa, que había abierto las puertas de la eternidad á 40.000 personas.