La Sagrada Montaña de Niko adonde yo voy está cubierta de templos de distintos ritos, y sin embargo las muchedumbres de peregrinos que la frecuentan todos los años sienten fundidas sus almas por una absoluta unidad religiosa y acuden á ella para venerar el espíritu de dos grandes muertos, dos Shogunes de la dinastía Tukagawa, llamados Yeyasu y Yemitsu, que hicieron la grandeza del Japón.

Yeyasu, el más célebre, sujetó para siempre á los señores feudales, abriendo una era de paz y progreso que duró 250 años. Muchos historiadores le llaman «el Pericles japonés».

Bajo su gobierno, en el siglo XVI, florecieron los poetas y pintores más notables del país. Estableció relaciones comerciales con los otros pueblos de Asia y las repúblicas mercantiles de Europa. Siguió atentamente lo que ocurría en América, viendo extenderse la conquista y la colonización españolas desde más arriba del golfo de Méjico al cabo de Hornos.

Este hombre de guerra, que venció en los combates á la revoltosa aristocracia de los daimios, fué al mismo tiempo un filósofo y ha dejado sabias máximas que repiten todavía las familias.

«La perseverancia es la base de la eterna felicidad.»

«El hombre que sólo ha visto la cumbre y no conoce las amarguras del valle no puede llamarse hombre.»

«La vida es un fardo muy pesado, pero no debes lamentarte de que te desuelle la espalda.»

«Necio es el que se deja marear por las vanidades humanas.»

«La culpa de nuestros males debemos atribuirla á nosotros mismos.»

«Todo en exceso causa pena, y es preferible que falte á que sobre.»