Cuenta Lafcadio Hearn que cuando Yeyasu, después de sus victorias, era dueño absoluto del Imperio, lo sorprendió una mañana uno de sus servidores sacudiendo un viejo kimono de seda para conservarlo.
—No creas—dijo—que hago esto por el valor de la prenda, sino por respeto al trabajo de la pobre mujer que la fabricó con largos esfuerzos. Si al usar las cosas no recordamos el tiempo y las penas que ha costado su producción, esta falta de respeto nos coloca al nivel de las bestias.
Otra vez se negó á admitir unos vestidos nuevos que le ofrecía su mujer, añadiendo así:
—Cuando pienso en las multitudes que me rodean y en las generaciones que vendrán después, creo mi deber vivir económicamente, pues si despilfarro le quito á alguien la parte que le corresponde.
Al morir Yeyasu y ser enterrado en la Sagrada Montaña de Niko, la gratitud nacional transformó aquélla en monumento patriótico. Los templos se han amontonado en sus laderas, formando una escolta eterna á la tumba del célebre Shogun y á la de Yemitsu, su digno sucesor. Todos los años, en primavera, acuden miles de peregrinos desde las provincias más lejanas del Imperio para celebrar la memoria de estos gobernantes.
Guarda de ellos el pueblo un recuerdo casi legendario, haciendo de su época el período de mayor felicidad nacional. Y sin embargo, bajo su gobierno se cerró el Japón á los europeos, quedando aislado dos siglos y medio del resto del mundo. También en el período del segundo de los dos Tukagawa se inició la cruel persecución contra el cristianismo, ordenándose horribles suplicios, en los que perecieron tantos misioneros mártires de su fe.
El primer propagandista del cristianismo que penetró en el Japón fué un español, San Francisco Javier. Al conocer por el marino portugués Méndez Pinto la existencia de este Imperio idólatra y misterioso que acababa de descubrir, el misionero navarro se creyó escogido por Dios para evangelizar dicha tierra.
Nadie le opuso obstáculos en sus correrías por el archipiélago. La primera descripción de Kioto la hizo él durante su permanencia en esta capital teocrática. El Shogun que gobernaba entonces el Imperio acogió con escéptica bondad la llegada del propagandista de una nueva religión.
—Será una secta más—dijo—que tendremos en el país.
La gente instruída escuchó atentamente, con su cortesía tradicional, las predicaciones del futuro santo. Luego algunos letrados le dieron la siguiente respuesta, digna de su tolerancia confucista: