—Nuestros maestros son los chinos. De su país nos han llegado las artes, la literatura, la filosofía, el budismo. No pierda el tiempo predicándonos á nosotros. Vaya á la China, y si convence á las gentes de allá, seguiremos el mismo camino sin necesidad de misioneros.

Este consejo hizo honda impresión en San Francisco Javier, y desde entonces sólo pensó en la conquista espiritual de la China. Abandonó el Japón, volviendo á las misiones portuguesas de la India, y allí se dedicó al estudio del idioma chino y á reunir amistades para entrar libremente en el vasto Imperio. Pero cuando al fin pudo emprender el viaje á Cantón, tuvieron que desembarcarlo en una de las numerosas islas de la bahía de Hong-Kong, donde murió.

Detrás de él empezaron á llegar al Japón otros misioneros, que obtuvieron rápidos éxitos con sus predicaciones. El pueblo japonés había admitido la doctrina budista y no necesitaba hacer un esfuerzo enorme para aceptar el cristianismo. En pocos años la nueva religión llegó á contar 200.000 adeptos. Uno de los misioneros españoles consiguió que el príncipe de Sendai, feudatario del Mikado, enviase una embajada al Papa. Ésta fué recibida en Roma y en la corte de Madrid con ostentosas ceremonias, creyendo todos, por la confusión geográfica de aquellos tiempos, que venía en nombre del emperador del Japón.

Fué además aquel período el de mayores guerras entre los daimios ingobernables y el Shogunato, empeñado en establecer el orden y la unidad nacional.

El avisado Yeyasu, vencedor definitivo del feudalismo, vió un peligro político en la nueva religión.

Pretendían emplearla los daimios más rebeldes como un medio para resucitar la guerra. La vanidad patriótica y el excesivo celo religioso de algunos misioneros, que no se recataban en mostrar públicamente su amistad con los rebeldes, aumentaron los recelos del Shogun. Éste seguía con inquietud el engrandecimiento de los reyes de España, dueños de la mayor parte de América y poseedores de las Filipinas, casi á las puertas del Japón. Varias veces llegaron hasta sus oídos palabras arrogantes proferidas por españoles religiosos ú hombres de mar. No consideraban empresa imposible que algún día el rey de las Españas enviase una flota á estas islas, como las había enviado á tantos países remotos.

Además, el Shogunato, al adquirir informes de la vida de Europa, consideró con cierto miedo al Papa. La suspicacia japonesa sintióse inquieta al saber que el jefe de la nueva religión, establecido en Roma, llevaba tres coronas en su tiara y tenía potestad divina para quitar los reinos á unos monarcas, dándoselos á otros para que sostuviesen la fe.

Los misioneros cristianos, en su mayor parte españoles, parecían á los Shogunes más peligrosos por su energía y su afán de sacrificio que los corrompidos bonzos, domeñados por ellos para siempre. Eran unos conquistadores tan audaces y duros como sus compatriotas que se habían adueñado de América. Se valían de la palabra y del sacrificio pasivo, como los otros de la espada.

En tiempos de Yemitsu, el segundo Tukagawa enterrado en Niko, se ordenó la expulsión de todos los misioneros, la supresión del culto cristiano, y quedaron cerrados los puertos á todo buque que no fuese japonés, aislándose el Imperio del resto de la tierra. Ningún natural del país pudo salir de él y se prohibió bajo penas severas el aprender las lenguas occidentales.

Volvieron los misioneros ocultamente, arrostrando los tremendos castigos con que les amenazaban, y empezó el largo martirologio japonés de jesuítas, franciscanos y otras órdenes religiosas.