Los holandeses fueron los únicos blancos que obtuvieron permiso para hacer un pequeño comercio con el Japón, pero á costa de enormes humillaciones. Vivían acorralados en el exiguo islote de Décima, cerca de Nagasaki, y sólo podían traficar después de haber demostrado que no eran cristianos, para lo cual los sometían á varios actos blasfematorios y á otras ceremonias en las que infamaban los más altos símbolos del cristianismo. Muchos de estos mercaderes podían hacerlo sin remordimiento, pues en realidad eran judíos de origen español ó portugués nacionalizados en Holanda.

Llevo varias horas de viaje en el tren. Llegaremos á Niko muy entrada la noche, y creo oportuno comprar un bento para comer en el vagón.

El bento es una caja de madera blanca llena de comestibles, que venden en todas las estaciones. El arroz hervido está en una cajita de cartón con los correspondientes palillos para comerlo. Los otros manjares van envueltos en papeles de seda, con la prolijidad y limpieza de un pueblo de grandes embaladores. Además, me entregan una tetera de barro rojo con su tacita, para que remoje mi banquete á la japonesa con la bebida nacional.

Se muestra la exquisita cortesía nipona hasta en la preparación de esta cena comprada. El papel de seda que envuelve la caja lleva el siguiente saludo, que me traduce un amigo: «Sabemos que el presente bento es indigno de usted, pero sírvase aceptarlo por bondad.»

Este arte del embalaje, que igualmente poseen los chinos, se muestra en todos los bultos que llevan mis compañeros de vagón. El japonés no necesita comprar maletas. Cuando las usa, son de ligerísimo tejido de paja. Por regla general, se fabrica él mismo su equipaje con hojas de papel é hilos, siendo asombrosas la solidez y la gracia que sabe dar á sus envoltorios.

Ha cerrado la noche, borrándose los paisajes en los cristales de las ventanillas. Ahora son opacos y reflejan las luces interiores, así como nuestros rostros, algo caricaturescos por el incesante movimiento. Un amigo japonés, para distraerme, me va relatando las cinco grandes fiestas anuales del Japón, llamadas goséquis.

La primera es la del principio de año. Antes correspondía á nuestro primero de Febrero, pero el penúltimo emperador, deseoso de unificar la vida de su país con la del Occidente, decretó en 1873 que el año del Japón debía empezar con el nuestro.

Ahora solemnizan los japoneses el primero de Enero con visitas de felicitación y aguinaldos, que consisten especialmente en abanicos. Algunos tradicionalistas regalan, á estilo antiguo, un cucurucho de papel que contiene un pedazo de pescado seco. La segunda fiesta es la de las Muñecas, dedicada á las musmés. La tercera la de las Banderas, y es la fiesta de los muchachos. La cuarta se llama de las Linternas y Lámparas, y tiene por escenario las hermosas noches del verano. La quinta es la de las Crisantemas, y en este día las familias deshojan dichas flores sobre las tazas de té ó las copas de saké.

Luego volvemos á hablar de los dos gloriosos Shogunes, y de cómo, después de muertos, el pueblo en masa contribuyó al embellecimiento de la Sagrada Montaña que guarda sus tumbas.

Un noble de aquella época tuvo una iniciativa, digna de este país que tanto ama los árboles y las flores. Dejó que los demás elevasen templos ó bordeasen las avenidas de la montaña con largas filas de linternas de piedra sobre pedestales, llamadas toros.