Otros admiradores de los dos Shogunes levantaron á la entrada de los caminos esas portadas japonesas, compuestas de dos enormes troncos cilíndricos que se remontan en suave disminución y sostienen un dintel de gruesos maderos, rematado horizontalmente por dos puntas ligeramente encorvadas como cuernos. (Tales arcos reciben el nombre de toris.)
El original donador, que era un daimio arruinado, ofreció plantar de criptomerios diez leguas del camino que conduce á Niko, y para que no le acusasen de tacaño, los plantó á corta distancia unos de otros. El criptomerio llega á adquirir gigantescas proporciones: es el cedro del Japón.
Los de Niko llevan ya trescientos años de crecimiento. Sus troncos se tocan, y este camino de 40 kilómetros entre dos vallas de árboles apretados resulta una de las maravillas más interesantes de la tierra.
XIX
AL PIE DE LA MONTAÑA SAGRADA
Niko en la noche.—El canto infinito de la Montaña Sagrada.—La temperatura inexplicable del Japón.—Nieve y plantas tropicales.—La desnudez japonesa.—Junto al brasero del anticuario.—El sereno de las castañuelas.—El amanecer en un hotel del interior del Japón.—El Puente Sagrado.—Cómo una enorme serpiente roja se doblegó en arco para servir á un santo.—Murmullos de agua y musgos invasores.—Los árboles casamenteros.
Llegamos á Niko en la espesa sombra de la noche, á merced de nuestros guías, sin saber adónde nos llevan.
Mucho antes vimos desde la ventanilla una muralla de ébano que iba extendiéndose ante el tren en sentido inverso para perderse en la obscuridad: el famoso camino de los criptomerios. Esta enorme cerca vegetal se interrumpe en las cercanías del pueblo; la han echado abajo para la edificación de nuevas casas.
Niko, cuyo nombre repiten todos en el Japón, es simplemente una aldea; menos que esto, una calle única; dos filas de casas á ambos lados del camino que conduce á la Montaña Sagrada. Estos edificios tienen sus puertas y ventanas enrojecidas por la luz cuando pasamos ante ellos sentados en veloces korumas. Son hospederías puramente japonesas para los peregrinos que llegan en la primavera y el estío; alojamientos donde los huéspedes comen sentados en el suelo y duermen sobre una esterilla con almohada de madera. En las otras casas hay tiendas de «recuerdos» para los visitantes, y como éstos no abundan en el invierno, sus dueños venden pieles de oso negro cazado en las montañas próximas.
Nos llevan al Hotel Kanaya, el alojamiento más importante, compuesto de numerosos edificios y un vasto jardín, especie de pueblo aparte dentro de Niko. Estos edificios son en su parte baja iguales á los grandes hoteles de Occidente. Su dueño actual, último representante de una dinastía de Kanayas que empezaron siendo guías de la Montaña Sagrada, muestra orgulloso un álbum con las firmas del heredero de la corona de Inglaterra y otros visitantes célebres del Japón que vinieron á alojarse en su establecimiento. Los pisos superiores tienen las comodidades europeas; pero una parte del mueblaje, la disposición de las habitaciones y su servidumbre puramente nipona hacen recordar al viajero que se halla en el centro de una isla del Extremo Oriente.
Acompañando á una señora vuelvo al pueblecito de Niko, para lo cual descendemos á pie la suave colina ocupada por el «Kanaya Hotel». Son las diez de la noche, ya están cerradas las tiendas, pero un guía nos habla de cierto almacén de antigüedades abierto hasta después de media noche para que los viajeros puedan dedicar en absoluto el día siguiente á la visita de los mausoleos. Marchamos por caminos desconocidos, en la penumbra azul de una noche suavemente iluminada por un cuarto de luna. Esta luz sólo se esparce por la parte alta del paisaje. Abajo se extienden murallas de compacta sombra, las arboledas centenarias de la Montaña Sagrada, que llegan hasta aquí.