Vemos entre las dos masas negras una especie de nube blanca é inmóvil. Es una cumbre nevada, que brilla como si fuese de plata en el misterio de la noche. Sobre esta cúspide parpadean las estrellas. Canta el agua por todas partes. El recuerdo de Niko queda en la memoria acompañado de una orquesta rumorosa de arroyos temblones.

Avanzamos entre dos filas de árboles gigantescos, por la orilla de un río que salta sobre su cauce de piedras en continuas cascadas. Los fulgores perdidos de las estrellas hacen brillar estas caídas líquidas con azuladas fosforescencias. A las voces graves del agua glacial desplomándose en grandes masas vienen á unirse los gorgoritos femeninos de las fuentes salidas de las peñas y los vagidos infantiles de ocultos arroyuelos deslizándose bajo el musgo en delgadas láminas. La Montaña Sagrada guarda invisible entre los bosques de su cumbre un gran lago que deja caer sus excedentes hacia el valle. Este rezumamiento la cubre con regio manto vegetal y la arrulla al mismo tiempo con el poético murmullo del agua corriente.

Canta la Sagrada Montaña en el misterio de la noche, canta en la penumbra verdosa del día, cuando el sol apenas logra deslizar algunas flechas entre el follaje de sus cedros. Un coro de mil voces líquidas acompaña en sordina los gorjeos de los pájaros de sus espesuras.

La noche es fría, pero con un frío que puede llamarse japonés. No anonada, como el de otros países, ni impulsa á refugiarse bajo un techo. En plena noche hace sentir el deseo de caminar. Es un frío que excita la actividad y pica la epidermis con dulces cosquilleos. La temperatura del Japón resulta inexplicable para el recién llegado. El país está lejos del Trópico, en una latitud igual á la de muchas tierras que sufren rudos inviernos; hay nieve, se hiela el agua durante la noche, y sin embargo, el bambú alcanza proporciones enormes y crecen árboles y arbustos de los países cálidos.

Los hombres muestran igual contradicción, entre su modo de vivir y los rigores de la temperatura que los rodea. El agricultor japonés va medio desnudo en invierno. Algunas veces trabaja en los campos ó tira de una carreta en los caminos, sin más vestidura que un sombrero y un vendaje que pasa bajo su vientre, como una concesión á la decencia, haciendo las veces de hoja de parra. Los niños, al ir á la escuela, sólo llevan un kimono delgadísimo de cretona negra á redondeles blancos. Las piernas desnudas que asoman por debajo de él son coriáceas y azuladas por el frío. Acostumbrado el japonés desde pequeño á la ablución glacial y la ropa ligera, apenas conoce el tormento de las temperaturas bajas. Todo su cuerpo, hasta en las partes más delicadas y secretas, tiene la misma curtimbre que la epidermis de nuestro rostro. En los japoneses que no han copiado aún el traje occidental, «todo es cara», desde la frente á las puntas de los pies.

Marchamos por este camino solitario, en las afueras de una población que no conocemos, y sólo de tarde en tarde se desliza junto á nosotros algún varón con kimono y peinado antiguo, que parece escapado de una vieja estampa japonesa. Y sin embargo, no sentimos inquietud. La Sagrada Montaña, con su arboleda rumorosa de tres siglos y su coro interminable de voces acuáticas, da una sensación de paz mística, de inocente seguridad. Parece imposible que pueda existir aquí la violencia.

Una fila de casitas de madera y lienzo empieza á extenderse ante el río. El guía llama á una de ellas, cuyas ventanas de papel transparentan la luz interior. Se corre el biombo de la puerta y subimos los peldaños que conducen á la plataforma, sobre la cual está asentado todo edificio japonés. Como este almacén recibe muchas visitas de occidentales, no hay que despojarse del calzado al entrar en él. Su dueño ha tendido sobre la esterilla de paja tradicional que cubre la tablazón del suelo ricos tapices de la China y la India, para que no contaminen aquélla nuestros zapatos.

Permanecemos hasta media noche viendo las cosas preciosas que estos mercaderes corteses, bien hablados y abundosos en saludos, sacan de grandes cofres que esparcen un viejo olor de sándalo. Sobre los muebles se forman pilas de kimonos con todos los colores del iris, bordados de animales y flores fantásticas. Unas linternas de papel iluminan con suave luz las diversas habitaciones de esta tienda. La calma de la noche con su rumoroso cortejo de cascadas y arroyos penetra en el cerrado edificio á través de las paredes. El suelo de madera tiembla y se queja bajo nuestros pasos.

—Aún tengo algo mejor—dice el dueño en inglés, haciendo nuevas reverencias.

Y extrae de cualquier rincón una vestidura maravillosa, mostrándola con sonrisa tentadora á la dama que ha llegado en plena noche para comprar.