El Gran Kan—nombre que Marco Polo da al emperador de la China y la tradición consagró durante siglos—necesitaba extranjeros leales que le sirviesen, en un país recién conquistado y sordamente hostil á sus nuevos dominadores. Por tal razón acogió favorablemente al mercader veneciano, que además podía darle noticias de su remoto y desconocido mundo.
Marco Polo fué un personaje en el Pekín de hace siete siglos, que se llamaba entonces Cambaluc (la Ciudad del Señor), y él titula en su libro Gran Ciudad del Catay. Este título se cambió luego en Pe-King (Corte del Norte), por haber estado la capital en otras ciudades situadas más al Sur. El veneciano hasta llegó á ser virrey de una provincia china; pero su curiosidad le impulsó á correr nuevas tierras, viajando por Sumatra, Java, Ceilán y Tartaria.
Pocos autores han influido en las letras como este hombre de acción, falto de pretensiones literarias. Al volver á su país, los venecianos escucharon con interés el relato de sus maravillosos viajes. Luego los incrédulos y los maldicientes hicieron materia de dudas y bromas estas historias de un mundo lejano, y muchos de sus compatriotas acabaron por apodarle Micer Millones. Unos lo llamaban así por las riquezas fabulosas que describía en sus relatos; otros, peor intencionados, calculaban por millones las mentiras salidas de su boca. Estando en la cárcel por haber caído prisionero de los enemigos de Venecia en una batalla naval, escribió la crónica de sus viajes á través del Asia. En sus últimos días, al hablar melancólicamente de la incredulidad de sus contemporáneos, afirmó no haber puesto en su libro ni la décima parte de las maravillas vistas por él.
La veracidad de Marco Polo ha sido comprobada por muchos sabios y exploradores modernos, sin encontrar en su libro errores geográficos de bulto ni descripciones inverosímiles. Su obra circuló entre los hombres doctos de los dos últimos siglos de la Edad Media. Poetas y novelistas la explotaron para sus relatos caballerescos. Él hizo conocer al Preste Juan de las Indias, rey misterioso del que tanto se ocuparon los autores medioevales; él lanzó los nombres de Catay y Cipango para designar á la China y el Japón; él fué el primero en describir como testigo visual las riquezas del Gran Kan y sus palacios de Pekín.
Colón no pudo leer directamente el libro de Marco Polo. Este relato sólo fué popularizado por medio de la imprenta años después del descubrimiento de América. Pero empleó como autores de consulta á muchos que se habían inspirado en el aventurero mercader, repitiendo sus descripciones de las riquezas asiáticas, en cuya busca fué Colón al salir de España, siguiendo el rumbo de Occidente. Por Marco Polo conocía también la existencia del Gran Kan, y estaba tan cierto de encontrarlo, que pidió á los Reyes Católicos una carta de presentación escrita en latín, para que aquel le recibiese en su ciudad de Catay como enviado de España.
El libro de un explorador que vivió en Pekín á fines del siglo XIII sirvió para que dos siglos después otro aventurero genial, con tres puñados de españoles sobre tres barquitos, fuese en busca del Japón y la China por el lado de Poniente, aprovechando la redondez de la tierra. Y al insistir en tan audaz aventura dieron todos, sin esperarlo, con una muralla infranqueable en medio de los mares, la tierra virgen de las nuevas Indias, mal llamada después América...
Acabo por dormirme, no obstante los gritos y las risotadas de nuestros guardianes. Cuando despierto entra el sol por los resquicios de las ventanillas. Parece que ya hemos pasado la parte más peligrosa del camino: unas tierras encharcadas por las grandes crecidas fluviales, en cuyos pantanos, exuberantes de vegetación, se refugian los bandoleros.
Llegamos á la ciudad de Tien-Tsin, el puerto más inmediato á Pekín. En el vagón-comedor encuentro á varios europeos residentes en dicha población, que han subido al tren para trasladarse á la capital. Todos ellos llevan abrigos de pieles con el pelo á la parte exterior. En otras mesas hay numerosos chinos de aspecto elegante, que hablan en inglés y usan el tenedor como los occidentales. Son mercaderes acaudalados ó personajes adictos al gobierno de la República, que se dirigen á Pekín para despachar sus asuntos. Llevan el traje nacional: una túnica de rica seda azul, chaleco negro de damasco abotonado hasta el cuello, y un solideo de igual color con botón de coral ó de jade. Como la sotana azul está abierta á partir de las rodillas, deja ver su forro interior de suaves y costosas pieles. Además, llevan un pantalón sujeto al tobillo, muy ancho y acolchado por dentro. Todos ellos aman las joyas. Ostentan valiosas sortijas en las manos finamente cuidadas, y cadenas de oro sobre el pecho.
Uno de estos personajes, joven y de sonrisa afable, me explica la vestimenta que usan los chinos modernos según las estaciones. En invierno prefieren el traje nacional. Es más abrigador; su amplitud permite forrarlo con pieles y acolchados. En verano imitan á los coloniales de origen europeo, y se visten de blanco, con pantalón y chaqueta cerrada.
A la nieve ha sucedido el polvo. Corre el ferrocarril por unas llanuras amarillas divididas en campos. Todo está arado. Cuando pase el invierno, esta sucesión de parcelas cultivadas resultará atractiva con su interminable oleaje de mieses; pero ahora el viento levanta remolinos de tierra rojiza, y los servidores del comedor deben sacudir á cada momento el cuero de los divanes y los manteles de las mesas.