Tienen cierta semejanza estos campos con las planicies de la Argentina después de la siembra, pero con más abundancia forestal. Todas las propiedades están orladas de árboles, á los que arrebató el invierno su follaje: hileras de esqueletos grises, elevando al cielo sus múltiples y nudosos brazos.

Hay en todas las estaciones muchedumbres vestidas de azul. Hombres y mujeres usan el mismo traje, de idéntico color. El pantalón y la blusa son el uniforme de la nación china sin distinción de sexos. En los pueblos rurales se conserva la trenza varonil. Sólo los chinos de las grandes ciudades y los que viven en el extranjero aprovecharon la caída del Imperio para cortarse este apéndice tradicional.

Lo que produjo mayor asombro á Marco Polo, y algunos siglos después á los primeros misioneros establecidos en China, fué el desarrollo de su agricultura. En aquellos tiempos los labriegos de Europa eran unos bárbaros que cultivaban sus tierras de un modo rudimentario. Todos los adelantos agrícolas posteriores fueron las más de las veces simples copias de la agricultura china.

Admiramos desde el tren huertas que merecen el título de jardines. Las grandes extensiones dedicadas á los cereales revelan un trabajo minucioso. Mas con frecuencia, partiendo los vastos rectángulos de tierra cultivada, vemos un oleaje de pequeñas cúpulas que son tumbas. Estos grupos de sepulturas se prolongan á veces hasta el horizonte, formando cementerios interminables.

Los chinos pueden ordenar su enterramiento sin ningún obstáculo legal. Cada uno improvisa un cementerio en el campo de su pertenencia. Las tumbas no desaparecen con el curso de los siglos, y á las nuevas generaciones les basta añadir unas paletadas de tierra sobre los montículos sepulcrales para que éstos persistan á través de miles de años con más consistencia que los monumentos de granito.

Cada uno defiende las tumbas de sus muertos al defender la propiedad de la tierra que le alimenta. Y como en este país, poblado por cerca de quinientos millones de seres, la cantidad de defunciones alcanza todos los años á una cifra enorme y no se borra ninguna tumba aunque transcurran siglos y siglos, resulta que los que se fueron roban cada vez más terreno á los que llegan, estrechando los límites de su actividad.

Más de una cuarta parte de la inmensa China se halla ocupada por tumbas. Además, éstas son eternamente sagradas y no hay gobierno que se atreva á tocarlas. Una de las dificultades mayores con que tropiezan los blancos al construir ferrocarriles, es la imposibilidad de expropiar una tierra que tenga sepulcros. Algunas veces se ven obligados á desviar la línea férrea con absurdos rodeos porque los descendientes de unos chinos que murieron hace tres ó cuatro siglos se niegan á remover las sepulturas de éstos.

La República lleva hechas algunas reformas, pero no se atreverá en muchos años á aligerar el suelo patrio de tantos millones y millones de tumbas. Los muertos pesan sobre el país con una fuerza abrumadora; lo siguen gobernando, y habrá que empezar por hacerlos desaparecer para que la China entre en la vida moderna.

Son tantos los sepulcros en algunos campos, que sus poseedores, necesitados de hacerlos producir, aprovechan los espacios libres entre los montículos y van trazando con el arado surcos tortuosos. Así obtienen hileras de espigas nutridas con el zumo de unos ascendientes á los que nunca conocieron, pero que les inspira un respeto supersticioso.

El japonés venera á sus antepasados porque se han convertido en dioses, y él á su vez será dios cuando sus descendientes le rindan igual culto. El chino los respeta porque les tiene miedo. Venera las tumbas de unos abuelos remotísimos cuyo nombre ignora; se arruina y vende hasta los objetos de primera necesidad para costear funerales ostentosos en honor de los que fallecen dentro de su casa. Como teme á los muertos, procura mantenerlos tranquilos y contentos, para que no vengan á atormentarle durante la noche, ni siembren de fracasos y desgracias el camino de su vida. Alguien ha definido á este país diciendo que es una aglomeración de quinientos millones de vivos, aterrados por la presencia de miles de millones de muertos.