Los cementerios se suceden en el paisaje, cada vez con mayor frecuencia. Al final sólo vemos tumbas, y emergiendo de su oleaje rojizo algunas chozas de esteras y pedazos de lata, semejantes á las que existen en los suburbios de todas las ciudades.

Empieza á deslizarse paralelamente al tren una alta muralla gris de apretadas almenas. En la faja de terreno intermedia van pasando pequeñas huertas y casitas de hortelanos. Vemos, con cinematográfica rapidez, una puerta que perfora lo mismo que un túnel este bastión interminable, y sobre su arcada sombría un castillo rojo con tres tejados superpuestos, cuyos ángulos tienen forma de cuernos.

Esta puerta, fortificada al estilo chino, la hemos contemplado muchas veces en libros de viajes. A continuación, con violenta antítesis visual, se alzan sobre la muralla unos palos gigantescos que se aproximan á nosotros. Son dos poderosas antenas de comunicación inalámbrica, instaladas por los norteamericanos. ¡La telegrafía sin hilos junto á una puerta que cuenta más de mil años!...

Va aminorando su marcha el tren y se inmoviliza finalmente luego de rozar una especie de malecón que es una antigua muralla cortada.

Hemos llegado á Pekín.

III
LAS TRES CIUDADES DE PEKÍN

La forma geométrica de Pekín.—La ciudad china, la ciudad tártara y la ciudad prohibida.—El edificio chino y la tienda de campaña.—Los geomantes y sus adivinaciones.—Los espíritus del Viento y del Agua.—La cuarta ciudad.—El barrio de las Legaciones y sus tropas visibles y ocultas.—La seguridad de las calles de Pekín y la policía china.

Todas las mañanas, al saltar fuera de mi cama en el «Grand Hôtel des Wagons-Lits», siento la misma duda, y me pregunto:

—¿Estoy verdaderamente en Pekín?

El aspecto europeo de mi habitación me obliga á descorrer las cortinas de una ventana y limpiar sus vidrios, empañados por el frío exterior. Veo enfrente un canal, á un lado una muralla obscura, y al pie del hotel una larga fila de cochecitos con las varas en el suelo, mientras sus conductores, cruzando los brazos sobre el pecho, abrigan sus manos conservándolas bajo los sobacos. Todos estos chinos miran á las ventanas, y uno de ellos que me llevó por la ciudad en días anteriores, al reconocer á su cliente inicia una mímica apasionada para hacerme saber que me espera desde el alba.