—En este puerto de paso—me dice un amigo que hace años vive en Singapore—han venido á juntarse todas las religiones. Brahma, Buda, Confucio, Cristo y Mahoma se rozan á todas horas, acaban por mezclarse y algunas veces hasta se confunden.
Aquí visito el primer templo brahmanista. Ocupa el centro de un patio, rodeado de una muralla blanca con pilastras. Sobre estas pilastras, á guisa de capiteles, hay unas cabras de yeso cuyo tamaño es doble del natural. Están sentadas sobre las cuatro patas encogidas, y sus cuerpos son blancos, pero con ojos azules y los hocicos de un rojo sangriento. Dentro del patio, y al amparo de un cobertizo, veo algunos carros con imágenes de ídolos pintarrajeadas. Estos vehículos de ruedas macizas salen en las procesiones organizadas por los bracmanes.
Tengo que descalzarme para entrar en el santuario, aunque todo él puede verse desde el patio por estar descubierta su parte delantera. Sobre los altares hay ofrendas de cirios, cocos y plátanos.
Van saliendo poco á poco de las boncerías próximas los sacerdotes y sus ayudantes, atraídos por esta visita inesperada. Son unos hombres de color obscuro, casi negros, pero con nariz aguileña, y su delgadez resulta extraordinaria. No tienen sobre su esqueleto más que la grasa precisa para rellenar las oquedades de los huesos, y aun así se les ven las aristas del costillaje, de las clavículas y las rótulas. Su vestidura es una simple tela roja anudada á la cintura. Todos llevan cabelleras largas, á estilo de mujer, sujetas por un peine de concha. Hay un niño entre ellos, hijo de alguno de los sacerdotes, al que todos acarician con esa ternura paternal que los indostánicos muestran por la infancia. Este sacristancito, espigado y esbelto, va completamente desnudo. Lleva cabellera larga y peineta como los hombres. Sus partes genitales las tiene ocultas en una bolsita blanca, única vestimenta que conoce su cuerpo.
Singapore está en pleno boom, como los otros mercados del Extremo Oriente. Aquí existe un motivo especial para la prosperidad de los negocios. El cultivo del caucho, que es uno de los descubrimientos más importantes de la agricultura moderna, tiene su principal centro en esta tierra.
Hace unos cuantos años nada más, el caucho era una materia preciosa que se producía naturalmente y los aventureros iban á buscar en las selvas vírgenes de los países situados bajo el Ecuador. Viajando por la América del Sur conocí á muchos varones enérgicos, de existencia novelesca, que se lanzaban á través de los bosques inexplorados de Bolivia y el Brasil en busca de grupos de árboles productores del caucho, llevando una vida llena de peligros, teniendo que batirse con las fieras, con los hombres y las enfermedades. La invención del automóvil y otros descubrimientos recientes, al aumentar de un modo ilimitado el consumo del caucho, hicieron necesaria la busca de nuevos medios de producción, y el árbol natural, perdido en las selvas, ha pasado á ser un cultivo científicamente ordenado y explotado en los países ecuatoriales de Asia.
Singapore es ciudad inglesa, pero sólo ocupa una punta de la extensa península de Malaca. Detrás de ella existen el Estado independiente del sultán de Johore y otros países autónomos, que forman agrupados la llamada Federación de Estados Malayos, bajo el protectorado de Inglaterra.
Visitamos en la ciudad de Johore una parte del palacio del sultán, una mezquita y el Casino, donde funciona la ruleta. A Johore la llaman el «Monte-Carlo de Asia», pero cuando nosotros pasamos por ella se notaba gran falta de jugadores y la ruleta permanecía inactiva á pesar del boom de los negocios.
En otras excursiones por cerca de Singapore vamos viendo los campos plantados de caucho y las fábricas donde se prepara y solidifica esta materia tan preciosa para las industrias de nuestro tiempo. La vegetación tropical embellece dichos alrededores, cubriendo con su exuberante verdor llanuras, barrancos y montañas. El baniano, de ramas multiplicadoras, cubre espacios enormes; hay campos extensos plantados de mandioca, principal alimento de la gente popular, y bosques de cocoteros á lo largo de las playas.
Dentro de Singapore se muestra el tradicionalismo británico con una rutina que hace sonreir. Los empleados ingleses, muchos negociantes jóvenes y los hijos de europeos nacidos en la ciudad se dedican al juego del fútbol ó del tennis en las praderas de césped que existen dentro de las plazas. Pero como en Inglaterra estos juegos son por la tarde, en Singapore se desarrollan á la misma hora, con una temperatura de más de 40 grados, bajo una atmósfera pesada que cubre de sudor hasta á los que contemplan simplemente la partida.