Los malayos fueron los fenicios del Pacífico. De conocerse la historia de sus periplos podrían haberse escrito, basándose en ellos, numerosas odiseas. Según varios autores que estudiaron á fondo las tradiciones de esta raza de mercaderes y corsarios, la Historia de Simbad el Marino y otras muchas aventuras marítimas que figuran en Las mil y una noches no son más que relatos de proezas de malayos adoptadas por los navegantes árabes, discípulos y continuadores de aquéllos.
A falta de una historia detallada y sólida, nos sirve para adivinar los antiguos viajes de los navegantes malayos la actual existencia de grupos de su misma raza en los lugares más distantes del Pacífico. Los argonautas amarillos construyeron sus primitivas flotas en estas riberas de Sumatra que vamos costeando. De aquí se lanzaron á piratear y comerciar por toda la inmensidad marítima que se ofrecía á las proas de sus barcos con ojos, cuando aún vivían la mayor parte de los europeos en pleno salvajismo.
Los habitantes de Madagascar son malayos de origen, lo que demuestra que por el Este llegaron éstos hasta las costas de África. Una gran parte de los pobladores del Japón actual son igualmente de origen malayo, lo que marca sus navegaciones hacia el Norte. Los indígenas del archipiélago de Hawai y otras islas oceánicas, situadas más allá de la mitad del camino entre Asia y América, también son malayos. ¿Por qué razón estos vagabundos del mayor de los Océanos, que realizaron la parte más grande y difícil de su travesía llegando á dichas islas y estableciéndose en ellas, no pudieron continuarla desembarcando en América, como uno de los varios pueblos que según las tradiciones americanas se extendieron de Norte á Sur, miles de años antes de la llegada de los conquistadores españoles?...
Estos malayos de ahora que pasan en sus buquecitos anticuados junto á nuestro paquebote ignoran completamente las hazañas de sus antecesores. Hasta hace medio siglo eran piratas, pero una continua persecución les ha obligado á llevar la existencia de pobres marineros de cabotaje, sin audacias y sin ambiciones.
Singapore es la obra de sir Stamford Raffles, funcionario enérgico que á principios del siglo XIX se apoderó de todas las islas holandesas, gobernando en Batavia á nombre de Inglaterra. En el Jardín Botánico de Buitenzorg está la tumba de su esposa.
Cuando después de la caída de Napoleón tuvo que entregar, por acuerdos diplomáticos de Europa, las ricas posesiones holandesas al gobierno de La Haya, no quiso que su patria abandonase estos parajes y fundó la ciudad de Singapore, que domina el estrecho de Malaca. Dos siglos antes que Raffles, el gran Alburquerque había visto la importancia del estrecho de Malaca, y pretendió fundar en él una colonia portuguesa para obtener de tal modo el monopolio del Extremo Oriente.
Paseando por las calles de Singapore aprecia el viajero su valor comercial y estratégico. Dos mundos se encuentran y confunden en ella; dos Orientes completamente distintos. Hoy tiene más de 300.000 habitantes y es una ciudad con barrios modernos y edificios altísimos. Posee igualmente plazas extensas y puentes colgantes sobre pequeños ríos navegables. Estos cursos de agua casi resultan invisibles; tantos son los barcos indígenas que flotan en ellos, borda contra borda.
La estatua del gobernador Raffles se alza en el centro de la parte europea de Singapore. En los barrios que no ocupan los blancos, vive separado por razas y creencias todo el vecindario cosmopolita. Éste únicamente se deja ver mezclado en las grandes avenidas centrales. La ciudad inglesa de Singapore es ante todo una ciudad china, por la superioridad numérica de tal raza. Más de la mitad de su población se compone de chinos. Lo mismo que en Batavia, estos trabajadores infatigables acaparan todos los oficios manuales. Además, como son grandes ahorradores de dinero, se dedican al préstamo. El chino, fuera de su país, es igual al judío por su actividad inteligente y ávida, y se ve tan odiado como éste.
En las calles de Singapore es donde empezamos á ver indostánicos con el busto de bronce completamente desnudo y largas cabelleras sueltas ó anudadas á estilo femenil; cingaleses con los ojos pintados, la cabeza rematada por una peineta y cierto aspecto intolerable de afeminamiento; árabes con alquiceles flotantes que marchan lentos y majestuosos; mujeres del Malabar llevando en sus narices botones de pedrería y numerosos anillos de plata en los dedos de los pies. También pasa por las aceras, con trote menudo, la china de zapatillas silenciosas, más enana y más gorda de lo que es en realidad, á causa de su ancha blusa y sus holgados pantalones de lustrina negra.
Dentro de las avenidas céntricas los comercios son europeos, pero en las vías laterales se nota la misma confusión de ciudad cosmopolita. Los chinos y los malayos poseen numerosas tiendas, é interpolados entre ellas figuran templos de diversas religiones: pagodas budistas, santuarios brahmanistas, iglesias católicas, capillas protestantes.